miércoles 28 de octubre de 2009

El cielo

A "La chica del siglo pasado", porque de ella fue la idea de escribir esto:

Me fijo poco en el cielo. Me fijo poco en las nubes. Me pides que reflexione sobre el cielo y resulta que no encuentro muchas imágenes que compartir contigo acerca del cielo. Yo vivo un poquito más arriba y por eso no lo veo. Me gusta mirar hacia abajo y descubrir las nubes abrigando a un gran monte. Me gusta lanzarme desde las alturas y caer precipitadamente hasta que un paracaídas de colores me protege de la caída. Me gusta ver el cielo al lado mío sólo cuando voy en un avión y por la ventanilla se miran los colores del atardecer o el amanecer y se mezclan con los colores de la tierra. Esas mezclas de colores que nos da el cielo me resultan tan cercanas que no las llamo cielo, son barnices que iluminan lo que tengo. Por eso del cielo sólo te puedo decir que es un compañero de viaje, yo huyo hacia los confines de la tierra y él siempre esta allí, a mi lado, a mis espaldas.

martes 14 de julio de 2009

La música electrónica

La música electrónica ha sido el mayor afrodisiaco que he encontrado. Estábamos encerrados en ese pequeño espacio, a nadie se le pedía absolutamente nada, el lugar era magnífico por eso. Yo deseaba besarte, yo deseaba tocarte, entre los apretujones comencé a excitarme. En algún momento sentí a una chica muy cerca de la barra y de mí. Me hubiera gustado que nos besáramos los tres. A los pocos minutos te empecé a tocar, protestaste con desinterés. Estabas desprotegida, besé tu cuello, me arrimé, huiste pero al final decidiste todo. Decidiste los besos, permitiste las caricias, acostaste el asiento y disfrutaste mis besos más que yo los tuyos. La luna llena nos espió. Nadie escuchó nuestros gritos. Ah qué par de ruidosos somos. En ese momento había muchas cosas en ti que me gustaban. Me hubiera quedado contigo a partir de ese día y para siempre. No podía ser así. Tenía que disfrutar tu cuerpo completo. Me faltan imágenes de tu cuerpo, tendrías que haber sido mi modelo. Te gustaba mostrarte desnuda conmigo, me gustaba verte así, algunos defectos en tu cuerpo. Ya no somos niños. Pero maravilloso tu cuerpo blanco. Maravillosa tu mirada. Con la obscuridad tu rostro me recordaba a alguien. Al final fue la misma historia, mis temores la expulsaron de mi paraíso, y luego a ti te expulsé también. Tener sexo contigo fue magnífico. Con pocas lo he disfrutado tanto como contigo. Estamos hechos para disfrutarnos en la cama. Pero te tengo miedo, tengo miedo de que cada vez sea más difícil deshacerme de ti.
Salí un poco sordo del lugar, eso me permitió escucharte mejor. Pero conforme el ruido de la música electrónica se diluía te escuchaba menos. Días después ya no te oí. La imagen de tu cuerpo delgado se me evade. Cuando se vaya para siempre escribiré más sobre ti. De momento es tan solo una nube entre mis ojos y el futuro. Dejé sin sabores, lo sé, pero este castillo continúa bien pertrechado, te dejé en el foso de los cocodrilos y me privé de lo que más me gusta de ti. Pero hay algo que me dice huye ¡huye! como una nota electrónica que se fuga entre el ruido ensordecedor o como alguien invisible que sale de esa pequeña bodega en medio de tanta gente, sin hacerse sentir.
Y en este momento ya no existo, mis besos se han diluido, y con el último punto, mis letras también.

miércoles 10 de junio de 2009

Nadie vio nada

Nadie vio cuando no me percaté que las cerezas me llamaban.
Nadie vio que me quería convertir en un domador de leones.
Me acercaba a tu rostro,
me alejaba.
Hablaba.
Te llamaba con la mente.
Nadie oyó las palabras con las que buscaba seducirte.
Nadie escuchó el anhelo de que sucediera.
No vi tus coqueteos,
no viste mis galanteos.
Ni tú te diste cuenta cuando con discreción miré tu espalda.
Nadie vio cuando el ruido intenso me excitaba.
Sólo tú sentiste cómo -poco a poco- me acercaba a ti.
Nadie supo lo que fantaseaba.
Nadie miró mi mano bajo tu cintura,
nadie escuchó tus reclamos
ni tus instrucciones para conquistarte.
Nuestras palabras se fueron paso a paso
nadie las extrañó
Nadie vio cuando callaste la última
Detente aquí -dijiste-
Nadie lo oyó,
mucho menos cuando se hizo el silencio
cuando pasaron las horas
cuando vinieron los gritos
cuando ni la calle que nos rodeaba pudo ser testigo
de lo que gemimos
de lo que pensamos
de lo que sentimos
Nadie oyó nada,
está tranquila,
guarda tu vergüenza
para otra madrugada.

miércoles 3 de junio de 2009

¿Dónde el beso?

En la frente, en la mejilla, en el cuello, en la espalda ...
O en la boca, o en la casa,
o en el aire, o en el pecho, o en la cama
¿Y por qué tiene que ser uno solo?
¿Por qué mañana?
¿Y en el alma o en la pierna?
¿Con la lengua, con tu sexo o en mi sexo?
¿Por qué un beso, por qué mil?
Mis caricias o las tuyas.
¿O si un grito?
Un segundo, un instante,
tus sudores, o los míos.
Un trago.
Una gota.
Es mi semen,
son tus pechos,
son mis besos,
son los tuyos.
Tus sabores,
tus olores,
tu saliva
tus rincones.
Si es un beso,
yo quiero que sepa
a savia
a vida.
Que huela intenso.
Que me arañe
y que sangre.
Dame un beso
como sepas darlo
donde puedas darlo
cuando antes
o este instante.

domingo 24 de mayo de 2009

La Fortuna

En medio del agua brillaba una moneda de diez pesos con el centro de plata, de esas que incluso dicen nuevos pesos. Alguien la había perdido. La cogí. La sequé. Y me vinieron muchas ideas a la mente, un déjà vu incluso ‑soy un vividor de los déjà vues y sospecho que ya estoy reciclando mi existencia‑.
Venía una noche de casa de Laura, quien al final de la carrera era mi novia, caminé dos calles hasta la parada del camión en contraflujo y cuando estaba próximo a subirme preparé el cambio y se me cayó una moneda de 100 pesos, de esas doradas que tenían a Carranza al frente. La moneda quedó en un charco lodoso. No la levanté. Al Ruta 100 que esperaba le tocó una luz en rojo. Un minuto después subí al camión en el carril de contraflujo de Ermita. Un señor dijo “No la va a levantar” y se agachó y la tomó. Para entonces esos 100 pesos estaban por convertirse en 10 centavos y habría requerido otra moneda igual para conseguir un penny. Sería como si hoy se me cayera una moneda de 50 centavos en un charco. Y sin embargo, 17 años después una moneda de 10 pesos con el centro de plata llegó a mis manos tras mojarme las manos en agua sucia.
No encontré la moneda en una zona opulenta que me hiciera pensar que alguien más la había despreciado, como yo en su momento desprecié la de 100 pesos. Tampoco en una zona tan pobre en la que detrás de esta moneda hubiera alguien sin poder abordar el transporte público por haber perdido su dinero para ello, pero fue una de las primeras imágenes que me vino a la mente. Alguien caminando kilómetros hasta su casa por carecer de dinero para el micro, o alguien pidiendo a otro que le ayudara a completar su pasaje. En una situación más difícil esa moneda habría pagado no sólo el viaje de regreso a casa, sino al día siguiente el necesarísimo viaje al trabajo.
Todos nos hemos encontrado alguna vez una moneda. La primera, en mi caso, fue de 50 centavos de níquel, con Cuauhtémoc al frente, cuando a penas tenía 5 años. Fue en el kínder y llegué a la tienda a preguntar para qué me alcanzaba. Yo quería un chocolate, pero sólo me sirvió para un dulce.
También he perdido monedas. Me ocurre seguido dentro del coche. Poco a poco van apareciendo de vuelta, pero desde luego que muchas quedan para el afortunado lavador o acomodador que se la encuentra. Ahí es donde uno siente el dinero va y viene.
Siempre he pensado que deberíamos instituir el día de la fortuna. La noche previa todos saldríamos a la calle y tiraríamos una moneda de un peso con la consigna de no recoger ninguna otra. Al día siguiente, celebrando el día de la fortuna, todos recogeríamos sólo un peso, distinto del que hubiéramos dejado. En una sociedad con mucha confianza casi todos respetarían la regla sagrada de no recoger más de un peso y siempre dejar un peso. En una sociedad como la nuestra, lamentablemente, quien esperara toda la noche se quedaría sin cosechar fortuna. Tampoco pensaríamos que alguien obtuviera miles de pesos tomando los que no le correspondieran, sino que al no respetar las reglas sagradas del día de la fortuna muchos no dejarían su moneda y tomarían algunas otras pero difícilmente encontrarían más de 5.
Al final de cuentas, mis 10 pesos me convirtieron en ese momento en un monopolista de la fortuna. No me compré un chocolate. Puse la moneda bicolor en mi ventana, junto con muchas otras que en 5 años me han permitido hacer un pequeño ahorro con cambios insignificantes.

miércoles 25 de febrero de 2009

Suripantosas

Una mujer suripantosa es una mujer que además de espantosa parece suripanta. En el Reforma de hoy encontré este ejemplo (tomado de una convención de la CTM). Lo que es la democracia ... al menos a esos viejitos ladrones y libidinosos sí se les antojan las suripantosas, si no, pobrecitas quién les haría el favor.

domingo 22 de febrero de 2009

Sísifo

Y habiendo vivido tantas y tan intensas cosas, todo al final de cuentas vuelve a ti. Y sin embargo seguirás siendo quien eres y seguiré siendo quien soy ... pero sufriendo tu ausencia, callando el dolor y evocando recuerdos que se evaden con el tiempo, todos, menos mi amor.

martes 14 de octubre de 2008

Blue Velvet de vacaciones

Por causas de fuerzas mayores, este espacio dejará de publicarse durante un tiempo. Lo paradójico es que lo escriba el día del cumpleaños de Gala.

lunes 13 de octubre de 2008

Los tamales rusos

Hace unos días comíamos unos tamales en la oficina para festejar tres cumpleaños. Los ingredientes de los tamales eran poco usuales, como setas, flor de calabaza y otros menos comunes que los tradicionales de pollo, rajas o dulce. Alguien comentó que los hacía un ruso. El dato causó mucha gracia y más aún cuando se dijo que era un trabajador legalizado por su esposa quien era una inmigrante legal, con un trabajo estable como el de algunas mujeres rusas en México. A partir de ello comenté la nota roja del día, que al parecer los demás no habían leído. El novio de una teibolera checa, de la misma nacionalidad, la había mandado matar y desmembrar, por 100 mil pesos, para que pudiera quedarse con todos sus ahorros, ya una cantidad superior al millón de pesos. Claro, la ironía fue mayor cuando alguien dijo que la habían hecho tamales.

domingo 12 de octubre de 2008

Monumento al beso, Lima

sábado 11 de octubre de 2008

La muerte de la Canaca

Debo reconocer que la muerte de la Canaca me ha causado muchísima risa, como a muchos otros, más aún por las imágenes que descubro en internet de quien en vida jamás tuve conocimiento. Una caricatura en internet me hizo saber de él: un borrachín muerto atropellado por otra borracha. Se hizo famoso por la televisión local y por Youtube. Una muerte así puede ser lo más alegre de una persona destrozada por el alcohol, un adicto a la bebida que destruyó su hogar y siempre tenía problemas con la justicia por no poderse controlar. La muerte puede ser algo muy alegre. Qué maravilla.

viernes 10 de octubre de 2008

Lima 5

jueves 9 de octubre de 2008

Yo, yo y yo

Iba a escribir sobre mí por ser mi cumpleaños y resulta que ahora, ni yo me inspiré. Eso sí, cuando hablo sobre mí me concentro más que cuando alguien más habla sobre sí. Es el ego supongo. O es el poder que da tener la palabra. Ah, viva la palabra (mi palabra).

miércoles 8 de octubre de 2008

Lima 4

martes 7 de octubre de 2008

Saltar en paracaídas

Hace tres semanas me aventé de un paracaídas. Originalmente iba a escribir sobre las tantas imágenes, ideas, sensaciones que vienen a uno en los distintos momentos a la caída. Sin embargo, creo que puedo resumirlas en una sola idea ¿debo renunciar a todo lo que tengo para poder ser feliz? ¿Puedo contar con que mis verdaderos activos en un momento dado se abrirán y me protegerán? Creo que ya entendí por qué me lancé al vacío.

lunes 6 de octubre de 2008

Lima 3

domingo 5 de octubre de 2008

Quebec

Llegué a Quebec después de las 11 de la noche, desperté a Prescilla, la anfitriona del Petit Roi, el B&B en el que me alojé. Cuando abrió la puerta vi a una jovencita que no acababa de hilar lo que decía, le costaba trabajo hablar en inglés y a mí en francés, pero lo que me alcanzó a decir es que estaba dormida y que yo llegaba muy tarde, que bajara la voz. Conforme nos íbamos identificando repetía "Je suis desolé" y me daba indicaciones para estacionar el auto, subir mis maletas y acomodarme en mi habitación, que por fortuna era la primera de la casa. Al despedirme esa noche comprobé que la bella Prescilla no era la hija de los dueños, como primero había imaginado, y que no era tan jovencita, sino aproximadamente de mi edad o un poco mayor. Aún así me pareció bella. Al día siguiente probé su delicioso omelette, la especialidad de la casa. Prescilla se movía como una chica de 20 años, y transmitía una gran amabilidad. Mientras yo comía ella doblaba un mapa en el que me indicó rutas y lo más importante que debía ver. En términos generales seguí sus indicaciones y entré al Museo de la América Francesa, que era el más importante de la ciudad, dediqué un día a Quebec. Al día siguiente me fui a la Isla de Orleans, siguiendo las indicaciones que Prescilla me dio. Anduve viendo la tranquilidad de pueblitos en los que la gente era muy amable, las mujeres coquetas -a diferencia de la frialdad de las quebequenses- y me enamoré de la chica que, nerviosísima, me dio la explicación sobre el antiguo astillero. Al final la ruboricé elogiando sus ojos y su belleza. Al regresar de la isla era imposible dejar de ver las cataratas que habían pasado desapercibidas en mi ida. Hice allí una escala y seguí el camino de vuelta hacia Quebec. Por la tarde salí a caminar, y volví temprano para terminar de preparar mis cosas, pero el sueño me venció, así que terminé al despertar, antes de desayunar otra delicia de Precilla y subir a ese espantoso PT Cruiser que renté, rumbo a Ottawa, por las aburridas carreteras de Canadá.

sábado 4 de octubre de 2008

Lima 2

viernes 3 de octubre de 2008

Montreal

El 17 de septiembre volé a Montreal donde confirmé que no hablo francés, volví 3 días después, y luego volví otros 3 días después.
Me costó trabajo agarrarle sabor a Montreal. Es una ciudad fría y desarticulada. Al llegar, el 17 por la noche, tomé un autobús que no debí haber tomado pero no me informaron bien, así que al cabo de unos minutos me di cuenta que iba hacia el centro cuando mi hotel estaba muy cerca del aeropuerto. El autobús que me llevó ya no regresó al aeropuerto así que terminé tomando el metro hasta la estación más cercana, a cuando menos 3 kilómetros, de mi hotel. Pero la estación estaba en una intersección de dos freeways que yo no hallaba cómo cruzar y tampoco pasaban taxis. Milagrosamente pasó uno y me llevó a mi hotel. Por la mañana caminé hacia el metro, en esa larga caminata que me permitió conocer las entrañas de la ciudad: calles solitarias pero avenidas congestionadas tanto como la Ciudad de México. El metro cubre muy bien la zona central, pero desatiende las zonas más lejanas, lo mismo que ocurre con los trenes suburbanos, con frecuencias de paso de hasta tres horas en horarios no pico.
Estuve caminando por la mañana alrededor de la Catedral, la Universidad de McGill y alguna tienda de discos. Luego tomé el tren suburbano hacia el aeropuerto y de allí caminé hacia la zona de renta de autos para sacar un Toyota Prius Híbrido. Los de National me engañaron y no lo tuvieron disponible y a cambio me ofrecían uno del mismo tamaño; como el consumo de combustible sería mucho mayor lo rechacé y pedí un compacto -había visto un Suzuki Swift en su portal-, pero no pregunté cuál me darían. Cuando ya tenía las llaves descubrí con lamento que era un horrible PT Cruiser, que además, me estaba costando sólo 30 dólares menos, pero que con el seguro terminaba costándome 50% más de lo que había presupuestado.
Por dentro el PT Cruiser era un Volkswagen. El volante delgado e incómodo, aunque hidráulico; la palanca de cambios simulaba una palanca de velocidades. El radio tenía una pésima acústica, pero la cajuela era amplia, lo mismo que la segunda fila de asientos que jamás utilicé.
Volví a Montreal tres días después, sólo para cruzarla y conocer la zona Olímpica. Me seguí hacia Ottawa. Finalmente volví tres días después ya en la parte final de mi viaje. Visité un centro comercial en las afueras, luego me dirigí a mi hotel, esta vez justo en frente del aeropuerto, y dormí. Al día siguiente pensé en ir al centro con el auto, pero como lo debía devolver antes de las 16:30 preferí alistarlo para la entrega. Temprano lo llevé a lavar (ignoro si había que entregarlo lavado, pero en México así es) y llené el tanque de gasolina (en eso sí me hicieron énfasis). Después entregué el coche y con una simple revisión y un handheld me entregaron mi cuenta final. Caminé hacia la estación del tren suburbano y compré mi boleto, pero al descubrir que pasaría hora y media después, fui al centro comercial que estaba a una calle a comprar algunos obsequios, que luego dejé en mi cuarto pues el hotel está a un lado de la estación, y tomé el tren. Caminé por el Montreal viejo y fue cuando le encontré su gracia a la ciudad. Por la tarde fui hacia la Isla de Santa Helena y visitar el Museo de la Biosfera y luego corrí para tomar el penúltimo tren, pero al ver de nuevo los horarios, éste había partido una hora antes. El siguiente saldría casi dos horas después. Al llegar a la estación vi un letrero que decía Massage. Cuando supe los horarios del tren volví hacia el lugar, donde recibí un baño con sales, y simples caricias de una jovencita tan morena como la noche, un dulce rostro del Océano Índico y de un lugar tan inmensamente desconocido para mi geografía mental, como la Isla Mauricio. Después de despedirme de ella con un beso en cada mejilla, volví a la estación con un brillo matutino, con el que esperé la llegada del último tren, y su partida unos 15 minutos después.
Dejé ordenado mi equipaje y dormí unas cuatro horas. Me levanté y me despedí de Canadá, cuando vi 06 y debajo R sentí el impulso y ya no estaba en suelo canadiense.

jueves 2 de octubre de 2008

Lima 1