martes, 30 de septiembre de 2008
lunes, 29 de septiembre de 2008
Niágara - Toronto
Cuando se acabó la 416 no supe de momento si tomar la 401 Este u Oeste, así que de pronto me vi en la entrada al puente hacia Estados Unidos y crucé. Desde allí tuve una vista hermosísima de la puesta del sol en el Río St. Laurent, pero no pude parar a tomar fotos. De pronto me vi en la frontera, saqué mi visa, pasé a inspección, pagué mis 6 dólares por la forma I-94 y ya estaba en Estados Unidos. Vieran que amables son los oficiales migratorios por allá. Comí en un restorán chino (me dieron ganas de tirarme a la mesera, pa' que les cuento pero quiero una novia china) y seguí mi camino ya de noche hacia Bufalo. Hacia la medianoche se me estaba acabando la gasolina y paré, como mi tarjeta no funcionaba en las gasolineras entré a la caja y la que atendía me preguntó cuánta gasolina quería, hice cuentas rápidas y dije "45 liters", cuando la vi hacer gestos de "esto no me puede pasar a mí" hice de nuevo cuentas y le dije "12 gallons", entre risa y molestia sacó su calculadora y me preguntó "regular?", afirmé y me cobró. Salí de la autopista como 30 millas antes de Búfalo, justo donde había media docena de hoteles. Por alguna razón escogí el peor. Al día siguiente desayuné allí mismo y andé hacia Niágara, ni siquiera entré a Búfalo. Primero llegué del lado americano, luego crucé al canadiense, y después seguí hacia Toronto en una carretera que resultó ser como el doble de larga de lo que esperaba. En el centro no hallé hotel así que andé de nuevo hacia la periferia. Descansé lo suficiente para andar un día completo conociendo Toronto, sin museos (me hubiera gustado entrar al ROM). Un día después volví hacia Montreal.
*Andé: SIC, en ocasiones así deseo escribirlo, anduve sólo me gusta en ciertos contextos, no en este.
*Andé: SIC, en ocasiones así deseo escribirlo, anduve sólo me gusta en ciertos contextos, no en este.
domingo, 28 de septiembre de 2008
sábado, 27 de septiembre de 2008
Camilia
Tu piel morena es la más obscura que he tocado. Tu edad, a caso la mitad de la mía, no es insuficiente para darte seguridad. Tus caricias, mi recuerdo. Tu tiempo no es el mío, pero me has dejado claro mi hasta aquí. Volveré y tal vez vuelva a ti, pero volveré con mi ojo fotográfico, no con mi ímpetu de hombre sino con el de aire, y en silencio, atravesando tus ojos negros, tu piel firme, tus pezones nocturnos. Volveré sin dejar manchas claras en tu cuerpo ni gritos en el mío.
viernes, 26 de septiembre de 2008
jueves, 25 de septiembre de 2008
Todo es azul
Creo que he tomado las fotos más feas el día de hoy. No me gustaron nada. Había demasiada luz, es cierto, pero mi filtro azul, para contrarrestarla y destacar los azules del cielo que se perderían con tanto sol, no sirvió más que en una o dos fotos. Esto sólo me da un impulso observador. Quisiera salir a ver y no tomar ni una sola fotografía más. Pero la disciplina me lleva a seguir haciendo clic. Y luego que la Calandria y yo estamos preparando sopresas.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
martes, 23 de septiembre de 2008
Prescilla
Perdón que te desperté anoche, pero no pude llegar antes. Abriste la puerta y te vi tan chica, tan bonita, tan cortés, pese a que te había despertado. Pensé que eras la hija de los dueños. Tu diligencia me llevó a la conclusión de que tú mandas aquí. Me acercaste hasta el cuarto y en unos minutos habías envejecido tal vez diez años. No eras la muchachita que acababa de ver, pero eras la misma persona y seguías siendo bella. Y a lo largo del día te he visto varias veces, esclavisada a este lugar al que te entregas y te nos entregas. Y me alejo de aquí y me voy pensando si cuando yo vuelva no te encontraré hecha una pasita, nadie había cambiado de edad tan rápido, nadie que hubiera yo visto.
lunes, 22 de septiembre de 2008
domingo, 21 de septiembre de 2008
La democracia de Onan
En varias ocasiones he leído reportajes sobre la talla 0 y el combate al peso bajo. Es cierto que algunas mujeres se obsesionan con su peso y ven grasa y gordura por todos lados cuando en realidad están en los huesos. Entonces surgen propuestas de exigir que las empresas de modelos y edecanes no contraten a chicas que estén muy por debajo del peso que les correspondería según su estatura, o que se evite la venta de ropa talla 0.
No juzgaré la discriminación que eso implica -aunque ciertamente hay una discriminación implícita hacia las gordas, hoy día, con la aceptación de las modelos hiperflacas-.
¿Por qué el boom de la talla 0 y las modelos flacas? Mi teoría es que mientras más flaca sea una modelo su vagina puede reproducir mejor el desempeño de la mano. Así es, para mí esta obsesión por la delgadez tiene su contraparte en el gusto de los hombres no por el ver o el tocar, sino por sentir en la delgadez de una muñeca talla 0 o -1 una masturbación que transmuta.
Es como si de la mano misma naciera una mujer, la única manera de hacer parir al hombre. Somos parte de una generación mucho más tolerante, ya no hay condenas. Onan se ha democratizado, y con su democratización ha logrado que echando en tierra nazca una flor ... talla cero.
No juzgaré la discriminación que eso implica -aunque ciertamente hay una discriminación implícita hacia las gordas, hoy día, con la aceptación de las modelos hiperflacas-.
¿Por qué el boom de la talla 0 y las modelos flacas? Mi teoría es que mientras más flaca sea una modelo su vagina puede reproducir mejor el desempeño de la mano. Así es, para mí esta obsesión por la delgadez tiene su contraparte en el gusto de los hombres no por el ver o el tocar, sino por sentir en la delgadez de una muñeca talla 0 o -1 una masturbación que transmuta.
Es como si de la mano misma naciera una mujer, la única manera de hacer parir al hombre. Somos parte de una generación mucho más tolerante, ya no hay condenas. Onan se ha democratizado, y con su democratización ha logrado que echando en tierra nazca una flor ... talla cero.
sábado, 20 de septiembre de 2008
viernes, 19 de septiembre de 2008
El poder en mis manos
El Boeing 777-222ER se está yendo y en este momento a penas puedo ver la aleta posterior detrás de la de algún otro avión y en unos momentos desaparecerá de mi vista. Cinco minutos antes lo vi ser remolcado y dudé si era un 767-300 o un 777, y aunque estaba casi convencido de que sería un 777 tomé mi celular y escribí en Google la matrícula del avión N228UA. El resultado fue contundente: en segundos obtuve hasta una fotografía del avión que poco a poco se alejaba de mi vista en medio de aviones de distintos tamaños, todos de United Airlines salvo el 747 de Lufthansa. Mi 777 pintado de gris al igual que otros, sin embargo otros más pintados de blanco con azul como la nueva imagen de United.
Tener un dispositivo de mano en el cual consultar la más nimia de las babosadas, como la matrícula de un avión; traducir en segundos una palabra a varios idiomas; descubrir quién descubrió, reinventar quién inventó, investigar cómo se investigó, me hace sentir con el poder en las manos. Pero ahora todos tenemos ese poder, algunos más viciosos lo ejercemos a cada instante, otros se abstienen, pero a fin de cuentas, nada que ver como esa vez que en la secundaria me encargaron investigar quiénes habían sido los últimos tres rectores de la UNAM … no encontré el dato y tampoco hice llamadas a personas mayores que me lo pudieran responder. Ahora quizá podría descubrir, en lo que escribo este comentario, quienes han sido todos los rectores de la UNAM y de buena parte de las universidades prestigiadas del país.
En unos años, quien esté formado delante de mí en la fila para documentar un vuelo dirá su nombre y en segundos podré saber quién es, qué estudió. Hoy ya muchos estamos “one click away”, pero faltan muchos más. Creo que llegará el momento en que todos estemos a esa distancia a no ser que alguien invente cómo bloquear su propio nombre y entones quitarnos el poder de las manos.
Tener un dispositivo de mano en el cual consultar la más nimia de las babosadas, como la matrícula de un avión; traducir en segundos una palabra a varios idiomas; descubrir quién descubrió, reinventar quién inventó, investigar cómo se investigó, me hace sentir con el poder en las manos. Pero ahora todos tenemos ese poder, algunos más viciosos lo ejercemos a cada instante, otros se abstienen, pero a fin de cuentas, nada que ver como esa vez que en la secundaria me encargaron investigar quiénes habían sido los últimos tres rectores de la UNAM … no encontré el dato y tampoco hice llamadas a personas mayores que me lo pudieran responder. Ahora quizá podría descubrir, en lo que escribo este comentario, quienes han sido todos los rectores de la UNAM y de buena parte de las universidades prestigiadas del país.
En unos años, quien esté formado delante de mí en la fila para documentar un vuelo dirá su nombre y en segundos podré saber quién es, qué estudió. Hoy ya muchos estamos “one click away”, pero faltan muchos más. Creo que llegará el momento en que todos estemos a esa distancia a no ser que alguien invente cómo bloquear su propio nombre y entones quitarnos el poder de las manos.
jueves, 18 de septiembre de 2008
miércoles, 17 de septiembre de 2008
La cordura
¿Para qué quieres cordura si no la sabes utilizar?
martes, 16 de septiembre de 2008
lunes, 15 de septiembre de 2008
El adulador
Ah, maldito adulador que con elogios infinitos vas desnudando pechos inocentes y desbordando escepticismos mordaces para saciar perversidades. Y así lo piensas y dices "qué hermosa te ves, me siento muy orgulloso de venir a tu lado". Luego viene el reclamo y desdén por tus halagos. Y finalmente la muerte silenciosa.
domingo, 14 de septiembre de 2008
sábado, 13 de septiembre de 2008
D. J. Hoko
D. J. Hoko había presentado su último disco. La presentación estuvo muy concurrida por jóvenes en su mayoría menores de veinticinco años, algunos de ellos con vestimenta muy especial, incluidos aquellos que portaban una pantalla de cristal líquido en la espalda proyectando escenas de sexo explícito o incluso de sexo con animales. Sólo una chica exhibía imágenes sin sexo; era una recopilación de videos de la primera y la segunda guerra mundiales. Se conmemoraba el primer centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial.
Los controles para acceder a la bodega en la que fue presentado el disco fueron muy estrictos, pero como ya era la tendencia, los controles a la salida fueron mucho más. Los jóvenes no se resistían a la primera toma de sangre, pero sí a la segunda. Algunos de los que se resistían salían negativos en sus análisis. Tal vez una nueva droga. Tal vez ya consumían el neutralizador que era tan mencionado en las pláticas pero jamás encontrado en el mercado negro. Tal vez no se habían drogado. Otros chicos fueron detenidos. Siempre ocurría así. Saldrían unos meses más tarde.
Mi novia y yo no nos drogábamos. Solíamos tener sexo en lugares públicos. Esa era nuestra droga. Cada vez que íbamos a un hotel de paso abríamos las cortinas y ella estrellaba sus senos contra la ventana. Nos lamentábamos cuando nuestra habitación no daba a la calle, pero usualmente nos tocaban cuartos interiores, como la mayoría.
Salimos de la bodega y nos aproximamos al auto. Fadam sugirió que nos calláramos cuando descubrimos que en el coche vecino estaban fajando. Entramos sigilosamente al nuestro y de pronto terminó el agasajo y se apearon. Eran dos muchachas. Una guapa. La otra no. Fadam se asqueó, pero a los pocos minutos desabrochó mi bragueta. No había nada más que recordar de la exhibición lésbica del otro auto.
Días más tarde intenté bajar el mp9 del album de D. J. Hoko. Tardé en localizarlo pese a que tenía un motor de búsqueda muy innovador. Los productores de discos todavía no inventaban cómo proteger las canciones de este programa. Retspan Beta 1.0. descifraba los códigos de los discos y de los cartuchos mp9 como ningún otro. Parecía tan sencillo como los viejos archivos mp3 y tan rápido como el efímero mp7.
Sin embargo nadie contaba con que el Retspan estuviera conectado con la fiscalía de derechos de autor. Los más especializados en bajar música de la red confiamos en el Retspan como en cualquier otro programa. El Retspan había estado dando aviso de toda la música que yo bajaba sin que pudiera imaginarlo. Obtener el mp9 de D. J. Hoko salió caro. Hubiera sido preferible no ir al concierto y comprar el cartucho original. Pero era demasiado tarde. A penas estaba escuchando la cuarta pieza, de dieciséis, cuando entró la policía. Dieron una patada en la puerta. Volteé hacia ella con el reproductor inalámbrico en la mano y la sala mi casa se inundó de silencio, a pesar de que la música de Hoko seguía sonando cercana al máximo.
Durante mi traslado seguía repasando lo que había sucedido. No lo podía creer. La legislación que permitía que los delitos cibernéticos pudieran ser castigados en flagrancia tenía sólo un mes. Nadie la entendía. Mucho menos creían en ella. Yo tampoco. Debo haber sido una de las primeras víctimas. Meditaba qué habría de decir. Pero no pude decir nada. Fue mejor. No abrí la boca hasta que tuve un abogado.
Fue abogada. Sus senos se sombreaban el uno al otro fuera de su ropa. No había nada más que ver en ella. Hablamos y propuso una estrategia de defensa. No tenía mucho sentido. Yo sabía que estaría detenido unos meses y finalmente saldría. Temeroso no de bajar la música por internet, sino de escuchar música.
La cárcel fue tan solo un silencio ensordecedor. No escuché música electrónica por al menos ocho meses. Mi novia sólo me visitó la primera semana. Mi mano me recordaba su visita. Al principio casi diario. Después pasaban varias semanas. Al final de nuevo diario. Pero ya no era ella. Era una de las visitas a Ryun, otro detenido por intercambiar música a través del Retspan.
No teníamos cómo mirar quién visitaba a quién, salvo cuando debíamos realizar algún trabajo en la zona. Un drenaje oxidado fue el que me llamó. Allí estaba a varios metros sobre el nivel del patio. Ella atravesó temerosa, mirando hacia todos lados. Nuestros ojos se cruzaron justo antes de que ella entrara al cuarto. Sus pechos brillaban, su trasero también. Sus labios. Sus ojos eran opacos. Su pelo absorbía toda la luz del universo. Temblaban sus ojos. Arrastraba los pies. Sus ojos pesaban en la circulación de mi sangre. Miré en silencio cómo Ryun se acercaba al cuarto. Me saludó y no contesté. Sólo pensaba en sus ojos. No había manera de espiarlos. Sentí deseos. La oí gritar. La vi salir y busqué su mirada. Se cruzó con la mía y se avergonzó. Desapareció y nunca volví a trabajar allí.
Ryun siguió teniendo visitas. Yo quería sustituirlo pero fue imposible. Era imposible. Y aún así, eran muchas quienes lo visitaban. Cuándo coincidiría con la de los ojos que tenía clavados en el alma. Después llegó mi turno de salir. Busqué sus ojos en todas.
Fadam pasó por mí a la cárcel. Metí mi mano entre sus piernas al cabo de unos minutos. Parecía que le estuviera tocando la mano. No lubricaba. No se resistía. No mostraba emoción alguna. Le pedí que se estacionara. Me puse sobre ella y recosté el respaldo. Se dejó penetrar pero no gozó, no gimió. Me vine sobre el asiento. Estaba molesta por la suciedad que había dejado. Su ropa se había manchado. Decenas de desconocidos nos habían visto. Antes de llegar a casa pidió que me bajara.
Caminé con lentitud, cargando una mochila y con unos cuantos pesos en el bolsillo. Entré a una sex shop. En una cabina comencé a pasar los canales hasta que encontré un trío lésbico. No lograba la erección. Se acabó el dinero y tuve que salir. Seguí caminando hasta que llegué a casa. Toqué el timbre y mi hermano abrió. Vi sus ojos atónitos. No sabía que ya había salido. Nos abrazamos y lloramos.
Al día siguiente no sabía qué hacer. Miré el periódico con la idea de buscar trabajo. En los clasificados sólo me interesaban las páginas de los masajes. Pensé en lo que había pasado con Fadam el día anterior. No entendía nada. Recordé a la amante de Ryun y me excité. No tenía ganas de terminar. Terminé.
Algún vecino puso música electrónica y yo me acosté a escucharla, sorprendido de lo que había sucedido en los últimos meses. Me quedé mirando hacia el techo. Luego la apagó de súbito y me quedé mirando hacia el techo.
Las campanas de la iglesia se escucharon a lo lejos. Luego el tren. Luego mis tripas. Luego nada. Dormí porque estaba cansado de tanto dormir. Desperté cuando sonó el teléfono.
Los controles para acceder a la bodega en la que fue presentado el disco fueron muy estrictos, pero como ya era la tendencia, los controles a la salida fueron mucho más. Los jóvenes no se resistían a la primera toma de sangre, pero sí a la segunda. Algunos de los que se resistían salían negativos en sus análisis. Tal vez una nueva droga. Tal vez ya consumían el neutralizador que era tan mencionado en las pláticas pero jamás encontrado en el mercado negro. Tal vez no se habían drogado. Otros chicos fueron detenidos. Siempre ocurría así. Saldrían unos meses más tarde.
Mi novia y yo no nos drogábamos. Solíamos tener sexo en lugares públicos. Esa era nuestra droga. Cada vez que íbamos a un hotel de paso abríamos las cortinas y ella estrellaba sus senos contra la ventana. Nos lamentábamos cuando nuestra habitación no daba a la calle, pero usualmente nos tocaban cuartos interiores, como la mayoría.
Salimos de la bodega y nos aproximamos al auto. Fadam sugirió que nos calláramos cuando descubrimos que en el coche vecino estaban fajando. Entramos sigilosamente al nuestro y de pronto terminó el agasajo y se apearon. Eran dos muchachas. Una guapa. La otra no. Fadam se asqueó, pero a los pocos minutos desabrochó mi bragueta. No había nada más que recordar de la exhibición lésbica del otro auto.
Días más tarde intenté bajar el mp9 del album de D. J. Hoko. Tardé en localizarlo pese a que tenía un motor de búsqueda muy innovador. Los productores de discos todavía no inventaban cómo proteger las canciones de este programa. Retspan Beta 1.0. descifraba los códigos de los discos y de los cartuchos mp9 como ningún otro. Parecía tan sencillo como los viejos archivos mp3 y tan rápido como el efímero mp7.
Sin embargo nadie contaba con que el Retspan estuviera conectado con la fiscalía de derechos de autor. Los más especializados en bajar música de la red confiamos en el Retspan como en cualquier otro programa. El Retspan había estado dando aviso de toda la música que yo bajaba sin que pudiera imaginarlo. Obtener el mp9 de D. J. Hoko salió caro. Hubiera sido preferible no ir al concierto y comprar el cartucho original. Pero era demasiado tarde. A penas estaba escuchando la cuarta pieza, de dieciséis, cuando entró la policía. Dieron una patada en la puerta. Volteé hacia ella con el reproductor inalámbrico en la mano y la sala mi casa se inundó de silencio, a pesar de que la música de Hoko seguía sonando cercana al máximo.
Durante mi traslado seguía repasando lo que había sucedido. No lo podía creer. La legislación que permitía que los delitos cibernéticos pudieran ser castigados en flagrancia tenía sólo un mes. Nadie la entendía. Mucho menos creían en ella. Yo tampoco. Debo haber sido una de las primeras víctimas. Meditaba qué habría de decir. Pero no pude decir nada. Fue mejor. No abrí la boca hasta que tuve un abogado.
Fue abogada. Sus senos se sombreaban el uno al otro fuera de su ropa. No había nada más que ver en ella. Hablamos y propuso una estrategia de defensa. No tenía mucho sentido. Yo sabía que estaría detenido unos meses y finalmente saldría. Temeroso no de bajar la música por internet, sino de escuchar música.
La cárcel fue tan solo un silencio ensordecedor. No escuché música electrónica por al menos ocho meses. Mi novia sólo me visitó la primera semana. Mi mano me recordaba su visita. Al principio casi diario. Después pasaban varias semanas. Al final de nuevo diario. Pero ya no era ella. Era una de las visitas a Ryun, otro detenido por intercambiar música a través del Retspan.
No teníamos cómo mirar quién visitaba a quién, salvo cuando debíamos realizar algún trabajo en la zona. Un drenaje oxidado fue el que me llamó. Allí estaba a varios metros sobre el nivel del patio. Ella atravesó temerosa, mirando hacia todos lados. Nuestros ojos se cruzaron justo antes de que ella entrara al cuarto. Sus pechos brillaban, su trasero también. Sus labios. Sus ojos eran opacos. Su pelo absorbía toda la luz del universo. Temblaban sus ojos. Arrastraba los pies. Sus ojos pesaban en la circulación de mi sangre. Miré en silencio cómo Ryun se acercaba al cuarto. Me saludó y no contesté. Sólo pensaba en sus ojos. No había manera de espiarlos. Sentí deseos. La oí gritar. La vi salir y busqué su mirada. Se cruzó con la mía y se avergonzó. Desapareció y nunca volví a trabajar allí.
Ryun siguió teniendo visitas. Yo quería sustituirlo pero fue imposible. Era imposible. Y aún así, eran muchas quienes lo visitaban. Cuándo coincidiría con la de los ojos que tenía clavados en el alma. Después llegó mi turno de salir. Busqué sus ojos en todas.
Fadam pasó por mí a la cárcel. Metí mi mano entre sus piernas al cabo de unos minutos. Parecía que le estuviera tocando la mano. No lubricaba. No se resistía. No mostraba emoción alguna. Le pedí que se estacionara. Me puse sobre ella y recosté el respaldo. Se dejó penetrar pero no gozó, no gimió. Me vine sobre el asiento. Estaba molesta por la suciedad que había dejado. Su ropa se había manchado. Decenas de desconocidos nos habían visto. Antes de llegar a casa pidió que me bajara.
Caminé con lentitud, cargando una mochila y con unos cuantos pesos en el bolsillo. Entré a una sex shop. En una cabina comencé a pasar los canales hasta que encontré un trío lésbico. No lograba la erección. Se acabó el dinero y tuve que salir. Seguí caminando hasta que llegué a casa. Toqué el timbre y mi hermano abrió. Vi sus ojos atónitos. No sabía que ya había salido. Nos abrazamos y lloramos.
Al día siguiente no sabía qué hacer. Miré el periódico con la idea de buscar trabajo. En los clasificados sólo me interesaban las páginas de los masajes. Pensé en lo que había pasado con Fadam el día anterior. No entendía nada. Recordé a la amante de Ryun y me excité. No tenía ganas de terminar. Terminé.
Algún vecino puso música electrónica y yo me acosté a escucharla, sorprendido de lo que había sucedido en los últimos meses. Me quedé mirando hacia el techo. Luego la apagó de súbito y me quedé mirando hacia el techo.
Las campanas de la iglesia se escucharon a lo lejos. Luego el tren. Luego mis tripas. Luego nada. Dormí porque estaba cansado de tanto dormir. Desperté cuando sonó el teléfono.
viernes, 12 de septiembre de 2008
jueves, 11 de septiembre de 2008
Hoy no hay Blue Velvet?
Me has preguntado si hoy no hay Blue Velvet, y así es, hoy no había Blue Velvet, ya lo hay, algo hay. Y sin embargo te pregunto, ¿qué buscas en Blue Velvet? ¿Y qué busco yo respondiéndote en Blue Velvet? Creo que algún día uno de los dos debe dar vuelta a la página para siempre y parece ser que ninguno de los dos lo hará, una luz se mantendrá brillando, un mensaje cifrado tal vez -aunque nuestros mensajes cifrados siempre los entendemos diferente-. Y entonces respondo, tardíamente, no, hoy no hay Blue Velvet.
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