sábado, 10 de mayo de 2008

Pasó lo que tenía que pasar

Pasó lo que tenía que pasar.
Pasó que olvidé y te pude amar
Pasó que dormimos juntos
Pasó que puse mi mano sobre tu cuerpo
Pasó que te toqué
Pasó que te besé
Pasó que me gustaron tus pechos
Pasó que me deslicé sobre tu piel
Pasó que me gustó tu olor
Pasó que me meti en tu cuerpo
Pasó que me volvió a gustar tu olor
Pasó que pienso en ti
Pasó el aire
Se llevó las hojas secas
Llovió y floreció
Y llegó la tierra
que tapó a la luna, la luz del sol
Así tenía que ser.

jueves, 8 de mayo de 2008

La Brújula

Y un día desperté, como brújula apuntando hacia el norte. Era el deseo. Era el sueño de un viaje. Tal vez por el desierto. No sé. Lo importante era la noche. Tú en una cama. Yo en otra. Hasta que tomaba la iniciativa. Y golpeaba mi cuerpo en el tuyo, y sentía fluir el aleph por entre tus piernas. Y así desperté. Con la brújula apuntando hacia ti.

martes, 6 de mayo de 2008

El pastor

Esto pasó un día en el bosque. Cuando empezaba mi excursión vi a un pastor y le dije buenas tardes. Él me miró con extrañeza y siguió el camino con sus ovejas, de lana amarillenta, sería una decena. Caminé mucho. Tropecé. Me cansé. Regresé a un llano que había visto al llegar, allí había una cruz, de dos metros de altura. Me persigné, y luego me acosté sobre el pasto a descansar. Debo haber dormido unos diez o quince minutos cuando me despertaron los cencerros. Empecé a platicar con el pastor. El hombre era moreno, muy delgado, iba muy abrigado, su piel se veía dura, arrugada, el ojo derecho estaba desviado hacia fuera. Miró hacia el cielo y comentó que las nubes ya se estaban cerrando. Hizo alguna referencia a la hora, yo miré mi reloj y dije “Van a dar las dos”, y él miró el suyo y dijo “sí, ya va a dar la una … yo nunca lo cambio, tampoco la otra vez lo cambié”. Sonreí. En seguida se fue y de lejos me dio una indicación para llegar más rápido a mi auto. Empezó a caminar hacia el pueblo, sin preocuparse si las ovejas lo seguían. Tomé el atajo y antes de llegar a mi coche me agaché, puse la frente sobre la tierra, dije “gracias” en voz alta, me levanté y subí al auto. Al poco tiempo empezó a llover.

domingo, 4 de mayo de 2008

Esta mal escrito

Está mal escrito, qué no entiendes que está mal escrito, Sí señor editor, entiendo perfectamente que está mal escrito, que ese verbo tenía que ir en pasado, que aquí iba un plural, que aquello era en tercera persona, que esta preposición no queda con esa palabra y que el adverbio no está bien utilizado, Entonces cámbialo, No señor editor, Pues eso significa que no entiendes que está mal escrito, No señor editor, entiendo perfectamente bien mis errores señor editor, pero no entiendo su afán por destruir lo que yo escribí, Es que no es destruirlo, si tú corriges el texto entonces lo tendrás perfectamente bien escrito y el sentido no cambiará para nada, mi pequeño autor, Pues sí señor editor, reconozco que cometo errores cuando escribo y que tengo que ir eliminando esos errores, mejorando el manejo de mis verbos, haciendo congruentes los plurales y los singulares, los pasados y los presentes, los femeninos y los masculinos, y lo haré poco a poco, aprenderé, los nuevos textos estarán mejor trabajados, pero este que le estoy entregando se queda como está, Es que yo no puedo publicar algo así, Entienda señor editor, es que si le hacemos esos cambios que usted me dice lo vamos a echar a perder, y en todo caso tendría que volver a escribir la historia, No, por supuesto que no, la historia es buena mi pequeño autor, es muy buena, sólo que contiene errores, nada más quítale esos errores y será, digamos, perfecta, o es que no me has entendido, El que no me ha entendido es usted señor editor, escribí esta historia haciendo caso omiso de los errores que cometí porque no me di cuenta de que los estaba cometiendo, la he revisado y la he limpiado de muchos yerros, pero los que quedaron corresponden a errores inherentes al texto, pergeñé mi obra así y las oraciones correctas no quedan con la actual estructura sino que tendría que cambiarla por completo, he tomado algunas de sus observaciones, pero existen otras, como las que nos han enfrascado en esta discusión, que no pueden ser enmendadas porque son mi historia, no son ya defectos de ella, son ella misma, Pues entonces no se publica y listo, Pues si quiere se publica como usted dice, pero no se queje que dentro de unos años la publique otra vez, pero en su forma original, con otro editor, y escriba, como escribió Gabo, "La primera vez que se publicó La mala hora, en 1962, un corrector de pruebas se permitió cambiar ciertos términos y almidonar el estilo, en nombre de la pureza del lenguaje. En esta ocasión, a su vez, el autor se ha permitido restituir las incorrecciones idiomáticas y las barbaridades estilísticas, en nombre de su soberana y arbitraria voluntad. Esta es, pues, la primera edición de La mala hora, El Autor", Me explico, señor editor.

viernes, 2 de mayo de 2008

Los ojos en el XXI

Estoy desnudo delante de una laguna de aguas bastante revueltas, no muy profundas, enlodadas, casi parecería una inundación si no llevara así decenas de años, tal vez un siglo o dos. A veces la naturaleza cambia de la noche a la mañana y a veces somos nosotros los que la cambiamos. De cualquier manera nos sorprende.

Digo que estoy desnudo no porque realmente lo esté (no puedo estarlo porque vengo acompañado de un amigo y de su novia), sino porque quiero mirar con los ojos desnudos. Miro alrededor y parecería que todo es natural, no hay antenas de alta tensión, repetidoras de microondas, y el celular, si lo encendiera, no tendría señal. También lo digo porque por aquí no hay basura. Sí vi algunas botellas vacías en el camino, una de Coca Cola y otra de agua, pero aquí, justo aquí, no la hay. Mi ropa estorba, sin duda. Pero no hay casas. ¿Hace cuánto que no estoy en un lugar en donde no haya casas, ni nada que sea fruto de la modernidad, o incluso del pasado? Dondequiera que uno se pare tiene que recordar su mundo porque éste persigue a todos, a veces incluso hasta el bosque, pues si acaso hay un bosque cerca de la ciudad, ha de pasar por allí una línea de alta tensión, hay basura, una carretera, un avión.

Pero aquí donde estamos no hay nada, dice el padre del exconvento de los Santos Reyes, en Metztitlán, que se trata de la laguna natural más grande del mundo. Uno de los cerros de la zona se derrumbó y se formó la presa. En realidad todos los cerros de alrededor parece que están a punto de derrumbarse, las grietas que tienen, las piedras mismas, que pareciera que están unidas con alfileres, nos lo demuestran; también hay restos de aludes en el camino hacia la laguna. Y sin embargo el lugar se siente en paz. Estamos fuera del mundo, a cuando menos diez kilómetros del camino pavimentado más cercano, a cuarenta o cincuenta de la carretera federal más próxima, a unos pasos del río de los Venados, aunque si caminamos hacia él terminaremos tapados por el lodo.

Esta paz, en realidad, se presagiaba desde que iniciamos el camino de terracería, un caballo amarrado bloqueaba el paso, un niño tuvo que llegar a desamarrarlo para que pudiéramos pasar, si no hubiera estado cerca habríamos desistido de tomar esa ruta, la verdad ni siquiera estábamos seguros de que ese fuera el sendero correcto. Lo fue. Todavía por el espejo retrovisor vimos que volvió a amarrar al animal así que cuando regresemos será un estorbo. Sin duda.

Unos metros antes habíamos pasado junto al malo del pueblo, un tipo de lentes, camisa y pantalón obscuros, cara de malo sin duda. No recuerdo si llevaba sombrero. Daba la impresión que en cualquier descuido mostraría un gesto de nobleza, me hubiera gustado provocarlo, pero mientras tanto él seguiría caminando por su pueblo, impresionaría a algunos, pero a otros no. A nosotros nos dio risa.

Pero bueno, decía, y digo, que estoy desnudo. Estoy rodeado de montañas, un paisaje que hacia arriba se vuelve árido pero que hacia abajo no lo es, la laguna de Metztitlán lo impide. Mi cuerpo desnudo, la imaginaria ausencia de quienes me acompañan, y el paisaje completamente natural. ¿En qué año estoy? ¿Dos mil qué? ¿1954? ¿1802? ¿900? La verdad es que no puedo desnudarme, ya no son mis acompañantes los que me lo impiden, ni las dos botellas vacías que había en el camino. No. Son mis ojos. Y si me los arranco vuelvo a lo mismo, siguen mirando. Tengo ojos del siglo XXI, siento cómo la tierra da vueltas, me tiro al piso y le pregunto qué pasa. No me dice nada, sólo siento que está enojada, la siento roja, está roja. No sé qué está tramando, pero me tiene entre el pasado y el presente, pero mis ojos son del presente, mi mente también, me jala, me jala. Me quiero despojar de mi ropa de hombre del futuro, quiero agacharme al presente, a este simple siglo VII antes de Cristo, pero el futuro me llama. Tengo ojos del siglo XXI y sé que Cristo nacerá dentro de siete siglos y que un día por la mañana, en el primer año del siglo XXI, veré a una muchacha que me llame la atención porque aún siendo pueblerina tiene una altivez urbana que me atraerá, nuestros ojos se cruzarán, y recordaré su cara los minutos siguientes, las horas siguientes, hasta que dé con la laguna, y hasta que me desnude de todo menos de mis ojos del siglo XXI. Entonces, me vestiré y emprenderé el camino de regreso, primero caminando hacia el coche unos dos o tres kilómetros, luego por la terracería, después por el angosto espacio que nos deje el caballo, luego por otros caminos angostos hasta la estatal 37, la federal 105 y luego la 85, después por avenidas y calles de mi ciudad, dejaré a mis amigos, volveré a mi casa, me desnudaré, miraré a mi alrededor y diré, el escenario es de finales del siglo XX, acaso principios del XXI, pero yo sigo mirando con ojos del siglo XXV y aunque me saque los ojos, seguiré siendo un personaje del XXV.

miércoles, 30 de abril de 2008

Incienso con olor a puta

Encontré un incienso que tiene olor a puta. No huele al sexo de las putas ni a su perfume. No huele al helio de la pista en que bailan. Sólo huele a putas. Sirvo un trago. Bebo. Enciendo la pajilla de incienso y de pronto mi habitación se llena del olor a puta. Sigo bebiendo hasta que cierro los ojos. De pronto estoy rodeado de putas. Me desnudan. Las quiero. Las adoro. Las beso. Succiono de sus tetas un licor dulce que me permita terminar la velada. Les hago el amor tres veces. Viajo hasta el éxtasis. Duermo un rato. Después abro las ventanas para que se vayan. Antes del amanecer no debe quedar nada del olor a puta, pues si amanezco con el solo recuerdo de su aroma corro el riesgo de enamorarme.

lunes, 28 de abril de 2008

El egoísmo

Nada de mi felicidad depende de ti.
Nada.
He decidido ser feliz sin ti, pese a que no sé quien seas, no sé si tú eres rubia o morena, si eres alta o baja, delgada o gorda, seca o cariñosa, una perversa asiática o una seudovirgen mexicana. No puedo correr riesgos. Si mi felicidad dependiera de ti, todo sería demasiado peligroso. Tal vez te vuelvas puta. Tal vez seas manipuladora. Tal vez goces mi propia muerte, o quizá un día me cierres las piernas u otro día me estafes.
No.
Mi sobrevivencia no puede estar en tus manos.
Mi sobrevivencia está en las mías. Gozar tu cuerpo será una ganancia. Admirar tu rostro, admirar los reflejos del sol en tus pezones, gozar nuestra fricción, que me escuches, que te escuche, todo será un placer no esperado.
Jamás confiaré en ti. Jamás te pediré un consejo. Jamás te pediré que me escuches. Jamás te pediré que me rasques la espalda, que me exprimas un grano, que me hagas sexo oral.
Nunca dependerá de ti mi felicidad. Nunca dependerá de ti mi goce. Nunca seré un hombre frívolo que se pavonee con tu porte en las calles o en las fiestas. Nunca amaré más nuestra imagen juntos, que la mía sola.
No tomaré riesgos con mis sentimientos.
Sería como jugar a la ruleta rusa.
No, no, no. De verdad no puedo. Prefiero jugar a la ruleta rusa. Estoy en tus manos.

sábado, 26 de abril de 2008

La angustia

Cuando era un niño de unos diez años estaba jugando en casa de unos amigos “Monopolio”, y nos acompañaba su papá. Cuando llegó la mamá saludó a sus hijos y luego escuché un “hola flaco”, lo que de inmediato me interpeló y yo respondí “hola” y en ese momento me percaté de que la señora saludaba así a su marido, y entonces me sentí apenado, me ruboricé y no dije nada a nadie, pero en los días posteriores, y aún en los años posteriores, recordaba con tanta pena el suceso como si realmente hubiera sido trascendente. Lo que sí, no fue el único hecho de esa naturaleza que, siendo una nimiedad, me producía una extraña sensación tanto en el cuerpo como en la mente, que me hacía soltar frases aisladas sin ninguna relación, pero en todo caso fundadas en la idea de reivindicarme … conmigo mismo. Esa ha sido mi vida y esa también mi afición por El Proceso de Kafka, porque como José K., me siento juzgado y no sé de qué me juzgan, pero a la inversa del clásico kafkiano, el juez soy yo mismo sin darme cuenta.
La angustia forma parte de esos momentos que pasan del minuto al día como si se tratara de encender una lámpara o el televisor. La vida se detiene y uno lanza frases aisladas, como si con ellas lograra transformar el hecho que en la mente nos trastorna como trastornaría a casi cualquier persona haber cometido un asesinato o haber atropellado a alguien. Y lo que son las cosas, a veces un hecho mucho más grave, mucho más cuestionable, podría ser motivo de mayor angustia y se queda olvidado conforme pasan las horas. Nunca recuerdo con angustia los momentos en los que la imprudencia infantil me pudo haber llevado a la muerte o a heridas graves, y sí mi respuesta de “hola” ante un “hola flaco” que no era para mí.

jueves, 24 de abril de 2008

La niebla y la nada

Me subo al auto y el que va lento estorba, el que me rebasa tiene más prisa de vivir y de morir, y el que se me empareja es mi espejo, huye de la soledad y va tras ella, se derrumba y se yergue, se vive y se muere, como yo, cuando yo, y desde donde yo huyo.

Una terracería no me dice nada, el camino es difícil, las llantas patinan, a veces siento que el vehículo se volteará, y yo quedaré siempre hacia arriba, la cabeza no puede unirse al suelo, no se unirá nunca jamás. Desde el suelo no se contemplan igual las cosas. Los paisajes. Los paisajes.

¿Qué tienen los paisajes que mientras más corro más se aquietan?

La vuelta al mundo en grande. La vuelta al mundo en pequeño. Subo por la 105 y bajo por la 85. En algún momento salgo del camino y vuelvo a él kilómetros adelante. Hay todo en el ínterin. Hay todo. También hay nada.

Estoy yo.

Está el paisaje.

Barrancas de mil colores. Ríos. Desiertos. Niebla. Lluvia. Verde. Y más verde. Viajo desde la nada hasta la nada. La primera nada soy yo, es mi alma, mi soledad, mi compañera. Es nada, y nada más puedo describir de ella que el nada, pero el nada no tiene descripciones (no es nada). La segunda nada es mi destino, no encuentro mi destino ni tengo prisa por encontrarlo, al fin y al cabo en él no hay nada, es tan vacío como la nada (tampoco es nada).

Recuerdo mi partida desde casa. Madrugué y empaqué con prisa. Olvidé todo. Cuando quise regresar por la cámara fotográfica y el vino, ya las cerraduras me habían prohibido la entrada. Dos de ellas se descompusieron al mismo tiempo. Era imposible que yo las abriera. Un ladrón tampoco lo habría hecho. Por más que me aferrara a quedarme sin destino, el barco que me conducía hacia él zarpó sin dejarme regresar.

No sabía a dónde iba.

No lo supe nunca.

Un año terminaba y otro comenzaba (en algún lugar del mundo ya había quedado atrás el año viejo). No sabía dónde amanecería y no sé aún si ya amanecí o si el mundo amaneció. Simplemente pisé el acelerador y me fugué de mí como si quisiera ignorar que yo mismo iba conmigo.

Encontré los sitios en los que la vida es más extraña que la mía propia. Encontré los sitios en los que las mujeres atienden las tiendas y los hombres las cantinas. En algún momento pensé en dormir en el vacío, con un paisaje montañoso al fondo, con un libro en la mano, y con la preocupación de que una sombra me asaltara.

Era muy temprano.

Si no tengo paciencia para morir y no tengo paciencia para vivir, cómo tendré paciencia para esperar el año nuevo si todavía no anochece. Como no anochecía seguí andando hasta la selva. Niebla y más niebla por un par de horas. Nada y más nada otro poco más.

Los caminos de niebla son desesperantes pero son hermosos. Son como uno. Tal vez miraba diez metros, tal vez cinco. La niebla es como la nada. La tomas con las manos y huye. No. Miento. No huye. La nada no huye. No tiene a dónde ir porque no es nada, la niebla tampoco tiene a dónde ir. Allí están ambas. ¿Son mi destino? La nada es mi destino. No sé si la niebla sea mi destino. Por algún momento lo fue. Parecía que no terminaría. Terminó en una pequeña ciudad con cierta magia. La brujería se respiraba en sus calles, en la iglesia principal, en los altares de las casas de alrededor. No era un buen lugar para terminar el año, tampoco era un buen lugar para iniciar otro. Era un buen lugar para huir, y huí de allí, sin combustible, a punto de quedarme a la deriva en medio de la nada, habiendo salido de la nada y huyendo hacia la nada, en la selva, en el color negro de la selva nocturna. Sólo quedaban dos o tres litros, pero llegué a la estación a tiempo, y de allí seguí por el verdor oculto entre la noche.

Arribé a otra ciudad pequeña, que no invitaba a esperar despierto el siguiente día. Era mejor dormir para seguir huyendo. Era mejor soñar (los sueños no eran paisajes, era una recamarera que me llevaba algo cuando yo estaba desnudo y después fornicábamos deliciosamente, sin siquiera saber nuestros nombres). Al amanecer me esperaría la niebla.

Niebla y más niebla. Paisajes con niebla. La selva. Las montañas con verdor selvático precediendo a las montañas con verdor boscoso. Pereciendo en el olvido. El goce interminable de la niebla, interminable por la niebla e interminable por el goce. Los caminos lentos. La vida. La muerte. Y al final la selva a mis espaldas, el bosque ante mis ojos, y una alfombra de nubes que me hace añorar la niebla y la nada. Como si la nada hubiera acabado a la par que la niebla.

El bosque es hermoso. Después viene el desierto. Después caminos interminables y la vuelta a casa. Claro, también el cerrajero.

No soy el mismo de cuando salí.

Crucé una puerta.

¿La niebla es una puerta?

No. Imposible. La niebla no es nada.

martes, 22 de abril de 2008

Deténte presa

El tiempo no para;
yo sí.
El silencio no suena;
soy como él.
El calor no quema;
yo me congelo.
El viento me sopla;
mis cenizas vuelan.
Es ruido. Es ansia.
Es una palabra que fluye.
Nadie la para.
¿Entonces quién me para a mí?