lunes, 9 de junio de 2008

Pergeñares

La historia comenzaba de una manera muy simple. Romeo acudió a una fiesta en casa de Julieta y cuando se miraron se enamoraron, luego se casaron y vivieron muy felices. Mi esfuerzo al escribirla se centraría no tanto en los hechos, se miran, se enamoran, se casan, y viven felices, sino en las descripciones, los momentos que vive cada uno, los demás personajes cuando los miran, la forma en que brota el agua de una fuente, las tonalidades de las luces y de la noche, la música de la fiesta en la que Romeo y Julieta se conocieron, los bailes, la alegría, el amor, la dulzura que de ellos emana, los bocadillos que de por sí eran sabrosos, pero que se convirtieron en una auténtica delicia, en ambrosía, gracias al amor que Romeo y Julieta sentían por su pareja y que compartían con todos los invitados, y luego el anuncio de la boda era como dar aviso de que el verdadero paraíso se acercaba, que atrás quedaban los llantos, la soledad de Romeo y la de Julieta, ahora convivirían juntos por los siglos de los siglos, tendrían hermosos hijos, la gente sería más feliz porque se alimentaría de la felicidad de Romeo y de Julieta, y tanto el enlace conyugal como la celebración posterior serían un momento mucho más sublime que el instante mismo en que los ojos inigualables de Julieta se cruzaron con la mirada firme y noble de Romeo. Sin embargo, al revisar mis anotaciones me di cuenta de que estaba preparando una historia cursilona, aburrida, sin ningún atractivo, sin un momento de tensión o de duda, sin risa, sólo expresiones empalagosas, manos levantadas agitándose en señal de algarabía pero sin ningún punto de comparación, sin dolor que olvidar, y probablemente hasta sin lágrimas de emoción, sin envidias de una tal Tiburcia hacia Julieta por haberle robado a su pretendiente predilecto, sin una prostituta que se despidiera de la soledad de Romeo la noche previa a la boda, sin un Filomeno que desenvainara la espada para luchar por el amor de Julieta, y por supuesto sin dos familias, los Montaño y los Capulín, que se odiaran a muerte, que no soportaran ver a sus hijos predilectos casados y enamorados uno del otro, o sin matrimonios arreglados desde el momento mismo del nacimiento de nuestros personajes. Fue por eso que me detuve, comprendí a Shakespeare por primera vez en mi vida, y empecé a rehacer la historia.

En lo primero que tuve trabajar fue en darle a cada uno de mis personajes un pasado, alegrías y tristezas en la infancia y parte de la adolescencia, experiencias, descubrimientos, accidentes, enfermedades, algo para platicarle al otro, porque era imposible que Romeo pasara su vida mirando a Julieta y viendo cómo ella lo miraba, nadie lo creería, y si alguien pensaba que eso pudiera suceder, entonces mis dos protagonistas hubieran parecido un par de idiotas que por muy bellos que fueran, desarrollarían mejor sus papeles en una casa para enfermos mentales que en un palacio. De hecho, reconozco que en algún momento pasó por mi mente hacer de Romeo y de Julieta unos hermosos lunáticos que no hicieran nada más en la vida que disfrutar de la hermosura de su amado o amada y cagarse en los pantalones, pero luego la historia me resultó un tanto vulgar así que abandoné la idea de irme por esa vertiente. Una vez decidido que mis personajes serían cuerdos llegué a la conclusión de que no podrían serlo por completo, algún trauma debían tener, un complejo, no sé, que por momentos sintieran ansiedad, miedo, nerviosismo, acelere, y como todo esto tiene un punto de partida inventé que Romeo le tenía miedo a los equinos desde que un día se cayó de los caballitos de la feria de Verona, que Julieta no soportaba el cilantro ni la cebolla porque su padre fue atropellado después de estacionar el automóvil cuando toda la familia se disponía a comer tacos, que Romeo tendría una aversión a las escaleras eléctricas que él no había podido explicarse hasta que alguien le recordó que su madre había muerto en unas escaleras eléctricas durante una balacera en un centro comercial, y que además Julieta se habría sentido vacía toda su vida por la muerte de una hermana gemela durante el parto. A partir de ese momento los personajes tendrían de qué platicar y dejarían de mirarse como idiotas durante el resto de su vida en la que fueran muy felices. La historia ya marchaba muy bien, ambos tenían complejos y traumas, y éstos no desaparecían al conocerse, enamorarse y casarse, y ya hasta tenía yo arreglada la primera discusión conyugal, cuando Romeo tuviera un impulsivo antojo por los tacos al pastor y Julieta no sólo se negara a acompañarlo, sino que luego no le dirigiera la palabra durante una semana debido a que él finalmente fuera a comer sus tacos al pastor y ella sufriera un ataque de angustia.

La verdad es que revisé mis apuntes y la historia seguía sin convencerme, necesitaba mucha más tensión, una infidelidad o algo así, entonces anoté que Romeo se volvería alcohólico, que pasaría todas sus tardes jugando dominó en alguna cantina de los barrios bajos de Verona y que Julieta tendría una amante en algún momento de su vida. Pensé incluso que entre las constantes borracheras de Romeo y las tendencias lésbicas de Julieta uno terminaría por matar al otro, quizá Julieta a Romeo, pero me pareció que la historia ya se estaba desvirtuando demasiado, que la idea de que vivieran felices para siempre estaba siendo tirada a la basura y que por consecuencia estaba ya inventando otro relato muy distinto del original.

Para volver al romanticismo que le quise dar a la primera versión de la historia discurrí que Julieta sería una extraordinaria pintora, que plasmaría los paisajes más bellos de este mundo y que pasaría sus tardes sentada frente a un lienzo y con una paleta llena de óleos de distintos colores. Ahora tenía que equilibrar la sensibilidad artística de Julieta con la de Romeo, quien le construiría hermosos versos con una métrica perfecta y conjugaría en ellos el encanto de los paisajes que Julieta pintara en sus cuadros, los ruidos de la naturaleza y los ojos inigualables de su amada. Sé que para hablar de unos ojos inigualables primero hay que equipararlos con otros, pero en este caso dejé las comparaciones de lado para no desviar demasiado la trama. La historia recuperaba su sentido original, pero para que no se me pasara la mano y volviera a caer en cursilerías inventé que Julieta se arrullaría de vez en vez al escuchar los poemas de Romeo y que él se tropezaría algunas ocasiones con el trípode de Julieta, cuando llegara borracho, y que destruiría así ciertos cuadros pintados por su amada, por pura coincidencia los más feos.

La historia parecía, por fin, completa, así que me di a la tarea de escribirla con sumo cuidado, como si se tratara de mi obra maestra. Cuando iba por la mitad empecé a dudar de cuál sería el final, y definí dos alternativas, la primera de ellas era detallar la vida del matrimonio Montaño Capulín hasta que uno de los dos muriera, y hasta escribí la escena final, Romeo, con una cerveza Corona en la mano, le diría a Julieta en el momento en que ella saliera a hacer un mandado, Si no te molesta, tráeme el periódico cuando vuelvas, pero Julieta no volvería nunca más, Romeo moriría de inanición en medio de la espera de El Sol de Verona, y Julieta sería encontrada años más tarde pidiendo limosna en las afueras de una estación del metro. La otra alternativa implicaba sacrificar algunos de los pasajes que llevaba más adelantados, porque dejaría yo de tocar el tema de la vida conyugal y el final sería precisamente el día la boda. Me incliné por la segunda opción y tuve que regresar bastante en mis anotaciones, porque las cuestiones del alcoholismo de Romeo, las tendencias lésbicas de Julieta, sus aficiones por la poesía y la pintura, carecían de sentido en el contexto que las había concebido, pero podían ser retomadas de otra forma, considerando un periodo de unión libre entre ambos protagonistas, con el objeto de que los dos se conocieran mejor. Claro, yo sabía muy bien que si Julieta se acostaba con Romeo antes de la boda no tendría sentido que hubiera una ceremonia con la novia vestida de blanco, así que aquí las tendencias lésbicas de Julieta encajaron a la perfección, porque Romeo aceptaría que mientras vivieran en unión libre durmieran en cuartos separados y Julieta tuviera una amante que le procurara placer sin despojarla de su virginidad y Romeo se satisfaría solo, viéndolas por la cerradura de una puerta.

Cuando estaba por empezar a escribir el final de la historia, o sea, la boda de Romeo y Julieta, me di cuenta de que mi relato no sería nada si no violaban a Julieta la noche anterior, si no desgarraban su himen con un ímpetu que Romeo jamás tendría, ni siquiera tomando vitaminas, si no mordían sus pechos con el desenfreno del que un personaje heroico y galán como Romeo nunca padecería, y por supuesto, después de todo eso Julieta se quedaría añorando los brazos del violador. Ahora bien, siendo tan bella nuestra Julieta no era nada fácil encontrar un abusador a su altura, porque no bastaba con decir que tenía brazos fuertes, ni que medía dos metros de estatura y veinte centímetros de no sé qué, ni que era moreno o rubio, ni que había estado en la cárcel tres veces por el delito de estupro. No, el personaje carecería del matiz necesario para provocar el desenlace si no era alguien muy especial. Pensé en recurrir a algún hombre famoso y al primero que consideré fue a Adolfo Hitler, hasta que me dijeron que era capado, luego opté por Winston Churchill, puesto que tenía todas las cualidades que yo buscaba, pero las fechas no me coincidían, necesitaba un personaje más actual, como William Clinton. De hecho, Clinton era el candidato ideal para violar a Julieta en mi historia, guapo, muy buen político, con trascendencia para la humanidad y con desenfrenos sexuales poco controlables, es más, ni siquiera era necesario que Julieta hablara ingles, porque en una violación la víctima no tiene que hablar el mismo idioma del victimario, y usualmente sólo debe gritar la palabra No una decena de veces antes de soltar un grito doloroso y un llanto incontrolable.

La escena de la violación ocurría, en mis primeros apuntes, cuando Julieta se asomaba al balcón la noche previa a la boda y respiraba aire fresco con singular alegría, por la ilusión que le daban los acontecimientos de la mañana siguiente, y con plena conciencia de que era su última noche como virgen, entonces la protagonista miraría la luna creciente, los destellos del firmamento, aspiraría el olor nocturno de las flores, y de pronto se sobresaltaría por la inesperada presencia de un hombre desconocido, William Clinton, sostenido apenas por sus uñas entre la herrería sofisticada del balcón, Quién es usted, váyase, le diría Julieta sobresaltada, respirando con dificultad, temblando, pero sin fuerzas para gritar, entonces él, sin mencionar su nombre, la metería a la recámara y le arrancaría el camisón de un solo movimiento, sin que ella pudiera detenerlo, sin que supiera qué hacer salvo cubrirse con sus delicadas manos, la derecha sobre la región púbica y la izquierda tapando los senos con la ayuda de su brazo, mientras el violador, o sea, el presidente de los Estados Unidos de América, empezaría a mordisquear el cuello, a sobar las nalgas, a recorrer con su boca el delicioso cuerpo de Julieta, antes de que ella comenzara a excitarse en medio del terror y de que él la empujara hacia la cama para continuar la profanación de la protagonista. Aquí tuve un problema terrible, cuando empecé a desarrollar las descripciones de Julieta me fascinó el personaje, sus dieciséis años, sus pechos pequeños, firmes y puntiagudos, su delgada cintura, su porte y su estatura, su mirada tierna pero profunda, su pelo lacio, su rostro sin maquillaje, liso, suave, sus labios delgados y muy rojos, sus dientes perfectamente alineados, su sonrisa discreta pero mordaz, la caída de sus caderas, sus pompas duras y pronunciadas, sus piernas largas y bien torneadas, y mientras más la imaginaba más me gustaba, hasta que terminé tan enamorado de Julieta que me dije, Cómo va a ser que la noche previa a la boda Clinton se robe su virginal figura, no es justo, la historia carece de encanto, debo ser yo mismo quien viole a Julieta. Me enamoré tanto del personaje que no me quedó otra opción que violarlo, que meterme en la historia y treparme al balcón de Julieta, que arrancarle yo el camisón, besarle yo el cuello, sobarle yo las nalgas, recorrerla con mi boca y con mi lengua. Me gustó mucho más la idea, Julieta tenía más fuerza ahora que antes, que nunca, era la fantasía del autor y así yo sólo tendría que entregársela a Romeo en señal de rendición, yo, el autor de Julieta, enamorado de ella, para que luego él la tuviera el resto de sus días, y además me lo agradecería, pues a pesar de que me hubiera robado su virginidad, él tendría a la mujer más hermosa del mundo y también Julieta sería muy feliz, porque no quise complicar la historia con terapias después de la violación, ni si quiera con temores el día de la boda, porque sería como echar a perder el enlace conyugal en vez de convertir ese momento en el clímax de la obra. Al llegar a este punto me detuve porque en verdad había encontrado un severo conflicto, pues es cierto que no podía destruir la escena de la boda con una Julieta que temblara todo el tiempo y que durante los abrazos de felicitación diera gritos de terror como si la violación se estuviera repitiendo o como si uno de los invitados estuviera a punto de volver a abusar de ella, aún cuando yo me colara entre los convidados a la boda, pero si Julieta seguía como si nada el cuento hubiera carecido de credibilidad, y no era eso lo que yo quería.

Pensé en quitar lo de la violación, pero estaba convencido de que le daba fuerza a la historia, así que sólo atrasé la boda tres semanas, de tal suerte que Julieta pudiera acudir a seis sesiones con un siquiatra, dos por semana, y recuperarse del trauma. Ahora bien, para calcular la fecha exacta del matrimonio consideré que para ser perfecta no podía coincidir con la semana en que la novia tuviera su periodo, porque la noche de bodas se echaría a perder, y yo quería cerrar la historia precisamente con esa escena, entonces consideré la semana posterior, sólo que haciendo cuentas la violación hubiera ocurrido en los días de mayor fertilidad para Julieta, lo que incrementaría las probabilidades de embarazo, así que me preguntaba si eso era lo que yo estaba deseando escribir, que la novia se casara embarazada de un hombre distinto al protagonista. Podía yo haber cambiado las fechas para resolver un conflicto aparentemente irrelevante, pero sí era relevante para mí porque se trataba de mi hijo, si hubiera sido un hijo de Clinton no me hubiera importado que no naciera y que yo moviera las fechas así nada más, pero como se trataba de mi primogénito yo no me sentía con la capacidad suficiente para ajustar las cosas así por que sí, pues ese niño ya había sido concebido y el autor era responsable de esa concepción, hubiera sido como abortarlo, y si alguien debía morir no podía ser el niño, ni Julieta por llevarlo en su vientre, y yo tampoco podía quitarme la vida en la historia, Quién la terminaría, me decía a mí mismo, pero la boda con Romeo se antojaba ya imposible, y por lo tanto, el único que podía, y debía, morir era el propio Romeo. Muerto Romeo, independientemente de la forma que falleciera, pues aún no la había decidido, había que hacer algunos pequeños ajustes en la trama, que me costaron algo de trabajo, pero a fin de cuentas eran muy congruentes con la historia original, y yo quedé convencido de que mi cuento sería todo un éxito.

La historia quedó de la siguiente manera. Un día antes de la fiesta en la que Romeo y Julieta debieran conocerse, el autor se presentaría en casa de Romeo con una pistola damasquinada en plata y lo mataría de un solo disparo en la sien, luego repetiría un trabalenguas para asegurarse de que mantuviera la calma en el camino de regreso a su departamento, donde descansaría unas horas, y más tarde se prepararía para el convite en el que conociera a Julieta. Ya en la fiesta, el autor y Julieta se mirarían y se enamorarían de inmediato y poco tiempo después anunciarían su boda y la historia terminaría con la ceremonia conyugal, pero dejando entrever una absoluta felicidad los siguientes siglos. Una vez decidida la trama definitiva concluí que ya no debía modificarla sino empezar a redactar y a enriquecer la historia con descripciones detalladas de los hermosos escenarios en los que se desarrollara, los colores del cielo, el agua de la fuente, los sabores de los bocadillos de la fiesta en que los protagonistas se conocieran y luego los de la boda, que serían mucho más deliciosos que los primeros gracias a la felicidad que Julieta y el autor emanarían, y todos los que los vieran sentirían una dicha inmensa, pero en este caso tendría yo que ser muy descriptivo, con las formas de las sonrisas, los brincos y otras expresiones, como manos derechas levantadas y agitándose, para contagiar a los lectores la alegría de mis protagonistas, la fuerza de su amor y el ambiente de alrededor, la música, las luces, los olores, los vestidos, el porte de Julieta, su belleza, la elegancia de su creador. Por último, la historia terminaría con la escena de la violación y el embarazo de Julieta, pero esta vez sería una violación concertada, aunque en sentido estricto no desvariara de la original, con la protagonista disfrutando de su última noche virginal y el autor trepando al balcón por el alféizar de la ventana de abajo, y cuando ella ya lo sintiera cerca preguntaría Quién es usted, a lo que su creador contestaría Yo soy el que soy, y luego metería a Julieta a la recámara y en un solo movimiento la despojaría del camisón, y ella se taparía por la timidez que le provocara estar desnuda por primera ocasión delante de un hombre, y él la besaría y la sobaría hasta que ella se relajara y se acostarían sobre la cama y él arremetería con fuerza contra el cuerpo de Julieta para que ella jamás olvidara ese momento tan intenso en que concebirían a su primogénito, quien debería regir a la humanidad mientras todos vivieran muy felices, por siempre y siempre.

sábado, 7 de junio de 2008

¿Quién es esa muñequita?

¿Quién es esa muñequita
por quien vivo y por quien muero?
Mitad mía. Mitad ajena.
Con una cara bonita.
Unos ojos grandes.
¿Quién es esa muñequita
que cuando la veo no conozco mi futuro?
Moriría en ese instante.
La acompañaría por siempre.

Esa muñequita me ha cambiado la vida.
Me ha ayudado y me ha dañado.
Me dobla cuando la veo,
pero se me esfuma como el aire.
Me hace reír y me habla hasta el hastío.
Es dueña de su vida y de mi muerte.
Y aquí estoy yo, todos los días,
preguntándome
¿Quién es esa muñequita
que mientras yo poseo su cuerpo
ella hace lo que quiere con mi alma?

jueves, 5 de junio de 2008

Fábula costumbrista de Cochinito, Conejita y Ovejita

Cochinito y Conejita se cruzaban muy seguido por el bosque. Se veían de cerca o de lejos y se gustaban.
Pero Cochinito estaba enamorado de Ovejita. No podía mirar a Conejita, quien salía con Caballito, porque realmente quería mucho a Ovejita. Pero Ovejita tenía un día bueno con Cochinito y un día malo, así que Cochinito se hacía pequeño cada día y su corazón sangraba.
Cochinito, con todo el dolor del mundo, tuvo que alejarse de Ovejita. Ya no podían estar juntos, pero tampoco podían estar lejos. Ovejita lloraba a Cochinito sólo delante de él, pero a sus espaldas sonreía. Cochinito estallaba y tenía ganas de sacudirse el lodo frente a Ovejita para dejarla toda sucia, pero se aguantaba, y cada vez saltaba desde más lejos hacia los charcos de lodo para salpicar a muchos metros a su alrededor.
Cochinito comenzó a distraerse con todas las flores que iba encontrando en el bosque, hasta que un día se dio cuenta de que cada flor que encontraba, por unos minutos le hacía cosquillas en el cuerpo, le daba alegría, le hacía sentir intenso, pero al final se sentía más solo.
Fue una cosa dura para Cochinito, pero de pronto se abrió la esperanza. Conversando un día con Conejita supo que ella ya no veía a Caballito. También estaba dolida, y se había metido en un laberinto del que no sabía cómo salir. No se había alejado de Caballito sólo por el coraje de no haber sido valorada, se había alejado de Caballito alentada por los consejos de Pato, quien le hablaba al oído y le decía que quería estar con ella toda la vida.
Cochinito comenzó a cortejar a Conejita, y eso le gustaba pero también la confundía. No sabía qué hacer con la voz, a veces tierna y a veces ruda, que le hablaba al oído. Era simplemente diferente a Cochinito, así que uno no competía con el otro. Pato y Cochinito eran acaso complementarios, no había virtudes ni defectos que comparar.
Cochinito se acercaba todas las mañanas a su madriguera y le recitaba un poema, le cantaba una canción y le colocaba algún detalle, como un trébol de cuatro hojas un día, una zanahoria, un espejo.
Conejita seguía confundida. Cochinito estaba entusiasmado, pero sabía que algo raro pasaba por la cabeza de Conejita, sabía que todavía no podía decir que ella era suya.
Había veces que Cochinito sentía cómo Conejita se alejaba. Eran días horribles, eran días de desesperación en los que quería correr a refugiarse en Ovejita, quería gritar su amor ante Ovejita. Pero no era el amor a Ovejita o el amor a Conejita. Era el amor a sí mismo, que Cochinito quería compartir, que sabía que tenía mucho que dar y que sólo quería recibir a cambio comprensión, paciencia, abrazos, compañía.
Claro que seguía sintiendo amor por Ovejita, claro que le entusiasmaba la idea de revolcarse en el lodo con Conejita, claro que quería besar a Conejita, claro que quería bañarse en el río con Conejita. Pero Cochinito se desesperaba. Ovejita coqueteaba un día, reclamaba otro. Conejita se dejaba querer pero seguía comunicando su propia confusión.
Cochinito se sintió solo y comenzó a alejarse de Conejita, comenzó a acercarse a Ovejita otra vez. No era volver a ella, era simplemente a estar en comunicación. Conejita estaba logrando lo imposible, acercar de nuevo a Cochinito con Ovejita, aunque él sabía que el desenlace de su historia con Ovejita siempre sería el mismo, un fluir constante de buenos y malos momentos, hasta que estallaría de coraje otra vez y volverían las ganas de sacudirse el lodo sobre el rostro hermoso de Ovejita.
Conejita se dio cuenta de que Cochinito se alejaba. Su confusión permanente la llevaba a una decisión que no quería tomar. Alejarse de Pato o alejarse por siempre de Cochinito.
Ella no podía saber cuán grande era el dolor de Cochinito. Ella no podía saber qué difíciles momentos pasaba él, y prefirió oír cuac-cuac en sus oídos que el armonioso oink-oink que Cochinito le recitaba. Sin embargo se quedó con sus orejitas paraditas, así que un día buscó a Cochinito para contarle todo a su manera.
Mientras Cochinito descansaba en el lodo vio las orejas blancas de Conejita que lo invitaban a jugar. Quiso hacer como si no mirara hacia ese punto, quiso negarse la ilusión que le daban esas orejitas largas, pero su corazón era débil. Corrió hacia el agua limpia antes de saludar. Se bañó con prisa y acercó su rosado cuerpo al peludo y blanco de Conejita.
No hubo más palabras. Él sabía por qué ella estaba allí en ese momento, y sabía que ella estaba sólo por ese momento.
Y comenzaron a jugar juntos. Las orejas triangulares de Cochinito se pararon, su colita de tirabuzón se extendió y a Conejita se le erizó el cuerpo, cada uno de sus pelitos estaba electrizado.
Cochinito tuvo mucha paciencia con Conejita, le hizo sentir su calor, fueron juntos a la cascada y se secaron al sol. En eso Cochinito empezó a acariciar la espalda de Conejita quien cerró los ojos hasta el amanecer, en que se fue sin despedirse. Cochinito durmió profundamente y luego despertó solo.
Pasaron unos días y descubrió que nada más podría salvarlo la lana de Ovejita. La buscó. Fue tolerante cuando encontró reclamos, y encontró tolerancia cada vez que fue un cerdo siendo Cochinito. Y Ovejita y Cochinito vivieron muy felices.

Moraleja: ya sea como en una historia para niños o como drama más sofisticado, la historia es siempre la misma.

martes, 3 de junio de 2008

Tic-tic tac

Violentaré tu cuerpo porque así me lo has pedido y todo volverá a la normalidad, terminarán mis deseos frenéticos y tus persuaciones. Terminará tu sonrisa socarrona, tu perfume seductor y tu desdén hacia mi mugre perpetua. Se acabarán las invasiones a mi Estado.
Soy el rey de esta calle, el vagabundo emperador, y hoy tú serás la llorosa invasora que nunca más se burlará de mis harapos, de mis pelos canos y sedientos, y de cada una de las paredes cochambrosas de donde no has debido pasar.
Este es mi país, una isla dentro del tuyo, y de donde fui expulsado por una igual que tú, soberbia, coqueta, infame.
Soy el rey del farol fundido que nos dará cobijo, soy el dueño de la alcantarilla que hará sonar su orquesta unísona, el único amante de los contenedores con el olor a rosas que siempre has soñado para este momento.
Estiraré la mano que siempre has ignorado, para tapar tu boca. Arrancaré la ropa para homenajear la noche en que bebí, maté y hui, con el destino insurgente de arrebatarle una pequeña calle a un inmenso país, y dejar atrás un pasado decoroso pero vacío.
Explotarán mis ganas sobre ti, como cuando asfixié su cuello inmaculado, amoraté sus ojos tristes, y vi en su espejo mi último rostro de temor, mi último arrepentimiento, mi última camisa bien planchada, y mi duda entre la autocomplascencia psicotrópica y el único resquicio humano que quedó de mí.
Sonríe preciosa. Estás a unos pasos de nuestra felicidad. Ya oigo tus tacones a lo lejos. Tic-tic tac.

domingo, 1 de junio de 2008

Vístete o deja de llorar

Su amiga y él fueron al cine esa tarde, nublada, desmemoriada porque no recuerda qué película vieron, ni siquiera en qué cine, por qué razón se besaron si eran tan sólo amigos, qué tanto se agarraron mientras buscaban el coche, dónde lo encontraron, qué calles tomaron antes de entrar al Viaducto, al tráfico, a esos tres carriles angostos, pero luego salieron a la lateral, eso sí lo recuerda, en Xola, vuelta en División del Norte y nuevamente Viaducto, Por qué tanta vuelta, preguntó ella, Pues ya ves, la lateral no es continua, así que hay que dar este rodeo, A dónde vamos, Es una sorpresa, respondió él, Te voy a hacer reina, añadió al ver el enorme letrero que decía Hotel El Rey, entraron, No te pases, dijo ella, No me paso, aquí es, una luz roja se encendió en una discreta cochera, entró, tras de ellos se cerró una puerta, y ella no volvió a chistar, se asomó una señora gorda, Son 85 por doce horas, estiró la mano, Aquí tiene, Ahorita le traigo el cambio, subió él apresuradamente, besó a su amiga, sonó la puerta, corrió nervioso, recibió un montón de monedas de a peso, cerró, buscó algún seguro, un pasador, no había, tomó una mesita, atrancó la entrada, volvió a besar a la chica, sonó de nuevo la puerta, movió la mesita, Creo que le di mal el cambio, dijo la señora que había cobrado, Aquí tiene, quédese con lo que sobre, sentenció él, con una voz cortante, entre dientes, inquieto, cerró otra vez, bloqueó la entrada, buscó a su amiga, no estaba, oyó ruidos en el baño, comenzó a desvestirse, se quitó los zapatos, la camisa, daba vueltas, dudó al desabrocharse los pantalones, los mantuvo, prendió la tele, tres hombres fornicaban con una mujer, lo sorprendieron los gritos, bajó el volumen, cambió de canal, buscó otra escena, regresó a la misma película porno, apagó la tele, dio vueltas por el cuarto, Estás bien, preguntó a su amiga, Sí, ya voy, escuchó, vio las gruesas cortinas que aislaban la habitación de la luz natural, Qué sucias están, murmuró, se asomó por la ventana, otro automóvil entró al hotel, se detuvo en la cochera de enfrente, dejó de verlo, miró a la misma señora que le había cobrado, observó la recámara, los estrechos pasillos, la humedad en el techo, la alfombra desgastada, estiró la mano, retiró un poco de yeso que se desprendía de la pared, la puerta se abría, su amiga envuelta en una toalla pequeña, vio por primera vez sus espesos vellos, la abrazó, la besó, escuchó el gotear de un grifo, Habrá que apretarlo bien, pensó, pero sólo siguió besando a su amiga, se dejaba besar, la toalla caía, él se desabrochó los pantalones, los bajó, se atoraron un poco, quedó en calzoncillos, esperando que la mujer los quitara, pero ella callada, inmóvil, no cooperaba, él trataba de acomodarse en la cama, ambos sintieron la aspereza del sarape, movimientos carentes de pasión, volvió a escuchar la gota que caía sin cesar, sobó los brazos inermes de la muchacha, metió la lengua hasta el fondo de su boca, contó sus dientes, su paladar, su lengua quieta, retiró los labios, besó sus pezones, fue bajando la cabeza hasta la entre pierna, mordió, lamió, no resistió el olor, volvió a subir, besó, Sabes a clítoris, por fin habló ella, Cómo sabes, pensó mordazmente, la gota seguía cayendo, la chica inmóvil, él apunto de penetrarla, pero su cuerpo no se aflojaba, la acariciaba, y nada, ella seguía tensa, de pronto estalló en llanto, Este lugar es horrible, reclamó, Y esas pinches gotas, añadió, Perdón, yo no conocía este hotel, la abrazó mientras ella buscaba cubrirse con la toalla, sin dejar de llorar, trató de besarla, Perdón, insistió, y la gota a lo lejos, Ya estamos aquí, anda, deja de llorar, ya estamos los dos desnudos, ya llegamos muy lejos, hay que terminar con esto, tranquila, no va a pasar nada, yo sé que sí quieres, pero ella sólo llanto, y una gotera, Deja de llorar, insistía él cada vez más, Deja de llorar o vístete, pero ella envuelta en la felpa, abrazando sus rodillas, bebiendo sus lágrimas, él la besaba en la mejilla, la seducía otra vez, mordía la oreja, ella sin inmutarse, Deja de llorar, por favor deja de llorar, rogaba él, los minutos pasaban, la gotera no cesaba, él no quería alejarse de ella, pero estaba nervioso, se puso los calzones, el pantalón, Deja de llorar o vístete, y la gotera lo fastidió, entró al baño, trató de cerrarla, pero el agua seguía cayendo, gota a gota, Anda, deja de llorar, vamos a hacer el amor, yo te quiero, siempre me has gustado, y ella seguía llorando, O vístete y ya nos vamos, pero nada, el llanto, la gota, se quitó los pantalones otra vez, le quitó la toalla, pero ella seguía en cuclillas, Qué hago, se preguntaba, caminaba desnudo, le acercaba su cuerpo, le tomaba las manos para forzarla a que lo acariciara, una gota más, las lágrimas, él fastidiado, sin excitarse, Deja de llorar, pero seguía llorando, la gota caía, también las lágrimas de la chica, se mantenía inmóvil, ahora con un hipo sonoro, pasó una hora, más llanto, más hipo, más gotas, él desesperado, Deja de llorar o vístete, insistió por última vez, con ganas de matarla, Lo dejo para mañana, pensó, y se acostó.

viernes, 30 de mayo de 2008

Urban Psychos

El carril de la izquierda era para dar vuelta, y por su manera de conducir, un minuto antes sabía que me estorbaría. Nacido para estorbar chinga tu madre quítate pendejo si estuvieras muerto estorbarías menos. Las frases pronunciadas eran una parte. El sonido del claxon era otra, un dedo tensado y los demás recogidos completaban la escena junto con un rostro deformado.
Esto es todos los días. Por épocas la calma me domina y nada me molesta. Pero otras épocas soy el abominable conductor que, junto con otros, hace de esta ciudad un monstruo. Claro, si no hubiera pendejos al volante tampoco habría monstruos. Media hora más tarde el vehículo de atrás me insultó a mí. El vehículo. Sí, los conductores no insultan, es el conjunto auto más conductor, llamado vehículo, que adquiere una personalidad propia.
Fuera del auto quizá el que me insultó o yo mismo nos transformamos y somos seres amables. Casi normales. Auténticos sicópatas. Mexican Psycho. No. No. No. Esto no es exclusivo de México. He visto peores escenas en ciudades más tranquilas. Urban Psychos.
Creo que todo tiene que ver con la certidumbre. Si yo sé que tengo una expectativa de traslado de 75 minutos, cualquier extensión me producirá estrés. Si yo ahorro minutos en la primera parte del trayecto, iré disminuyendo mi expectativa final, pero si en otra parte del trayecto pierdo los minutos ganados, también vendrá la explosión.
El otro día dejé el auto en un estacionamiento remoto. Mi estrés se redujo considerablemente. Pero mis tiempos de traslado se incrementaron. Como prueba no estuvo tan descabellado. Pero del diario podría encontrar mi estrés al máximo en la segunda mitad del traslado. Claro, quizá los apretujones me relajen. No lo sé.
Sólo sé que me sé Psycho.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Con la fuerza del temperamento

Una revuelta se produce con la ira de miles de personas.
En cambio la ira de una sola puede ser ridícula.
Aún así, quienes tenemos dificulatad para controlar el carácter de vez en cuando estallamos, a veces por las cosas más risibles.
He notado que esto me sucede cuando estoy próximo a llegar a casa, es más en el último kilómetro. Llego molesto por el tráfico, me altera mucho más cada estorbo en los últimos metros que aquellos en el camino.
No sé por qué ocurre, tal vez estoy desesperado por quitarme los zapatos, los calcetines, por sentir mis pies liberados, por acostarme un rato, por descansar unas horas, por escribir algo, por leer, por ordenar, por cenar.
Cada día de regreso a casa implica luchar contra miles de vehículos en un trayecto de hasta 90 minutos. Cada mañana es lo mismo, pero me altera más el camino de regreso.
La última furia que recuerdo fue hace unas horas, un automovilista no se movió cuando el semáforo marcó la vuelta. La falta de reacción de algunos puede generar retrasos adicionales. El insulto, el claxon, las luces. Aún así no se mueve.
Yo no lucho contra los molinos de viento. Lucho contra los demás autos. Me encantaría hacer un símil contemporáneo y urbano del Quijote. Ya sé quién sería mi Dulcinea del Toboso, sin duda no una princesa salida de las mejores colonias, sino una idealizada campesina urbana, habitante no de un castillo, sino de una casa en alguna colonia escondida de mi metrópoli, con el carácter dominante que Cervantes atribuye a Aldonza de Lorenzo. Pero no tengo tiempo de estudiar el Quijote y reinventarlo en nuestros días, así que debo todos los días en convertirme en ese protagonista loquito, mentando madres, mostrando un solo dedo de la mano, tocando el claxon, luchando carro a carro, por el espacio hacia donde debo avanzar.

lunes, 26 de mayo de 2008

Una noche sustantiva

(Para ti, "la más mejor")

Una noche maravillosa
Visita casta,
seducción perpetua.
Mis deseos.
Tus deseos.
Simulación,
vaho en tu nuca,
la advertencia de que no lo hiciera,
el beso prolongado.
Tentación prolongada.
Mano húmeda,
desnudez a medias,
eyaculación precoz,
mi niña, mi niña.
Imágenes sucesivas,
el deseo de embarazarte,
el deseo de no embarazarte.
Tu tranquilidad.
Y poco a poco mi deseo frenético por ti.
Recuerdos perennes de esa noche.
¡Mi niña!
Mis brazos rodeando tu cuerpo.
Un año de deseos enfermos,
un año de seducción.
Años de recuerdos.
Una noche sustantiva,
y hoy una mujer,
siempre siempre,
la más mejor.

sábado, 24 de mayo de 2008

Blue Velvet hasta la locura

He conocido la locura. He sido manipulado y he manipulado. Más lo primero que lo segundo, porque me dobla su sonrisa fresca. Nada más bello que su sonrisa.
¿Es necesario destruir lo que no se ha construido? Son impulsos. No es amor, o puede serlo en forma malentendida.
En una ocasión un amigo me platicaba de los berrinches de su niña de tres años y de cómo ella tendía a dañar los buenos momentos entre los dos, hasta que la hizo ver que con sus berrinches los dos perdían. Parece algo complicado hacerlo con un niño, pero quizá es mucho más fácil que con un adulto, donde en las relaciones tenemos esas variantes adultas de los berrinches infantiles y no es posible hacer ver a la otra persona que los dos perdemos. O quizá la manipulación es poder, y ese poder delicioso y vano es lo único que queda cuando nada queda.
Todo lo que aquí se escriba está fuera de contexto, puede haber cosas ciertas, puede haber medias verdades, medias mentiras, mentiras absolutas, yo sólo quiero con estas palabras cubrir vacíos, compensar huecos de mi vida, darle salida a mi locura, a mi histeria, a mi pasión, realizarme escribiendo.
Blue Velvet es mi espacio. Lo abro porque lo quiero compartir. En Megablógolis escribo para todos, aquí escribo para mí. Me gusta sentirme bien con lo que escribo. Hay cosas muy malas, ustedes lo saben mejor que yo, y otras que me ha encantado no sólo escribirlas sino volverlas a leer.
De cualquier forma, en este instante, daría la vida por un minuto de la sonrisa de mi amor; daría la vida por un beso en su boca, en su cara, en su espalda; daría la vida por el intercambio de frases pueriles, abrazos y fluidos; daría la vida por ella misma.
Son muchos años juntos, pero tarde o temprano la perderé junto con la locura. Y dejaré de escribir en Blue Velvet. Cerraremos este espacio, y este círculo, pero habrá otros nuevos. Al fin y al cabo la blogósfera es infinita. Blue Velvet es contemplación y es locura. Blue Velvet recuerda a Gala y a la Bámbola, figuras dulcineicas que han estado presentes en los últimos 10 años de mi vida.

jueves, 22 de mayo de 2008

El grito moribundo

(a ti, la única mujer que he amado)

Es la hora en que todavía te amo
el tiempo en que mi cama aún huele a ti
el momento en que tus besos pequeños
siguen tronando en mi oído
y el segundo en que suspiro
por lo que fue
y por lo que no ha sido.

Es la hora en que extraño tu revés
la viscosidad de tu sexo
tu sonrisa infantil,
tus chantajes estériles,
mis gritos sobre ti,
la forma de tus vellos,
y tu vida en la mía.

Es la hora en que ya no confío en ti
que me hiciste sentir nada,
no por lo hecho,
sino por lo que no quisiste hacer,
y siento como si hubieras deshecho,
lo que jamás existió,
lo que sólo yo inventé.

Ya no habrá caricias,
no capturaré más tu cuerpo desnudo,
no habrá hijos, no habrá nada.
Nunca hubo sueños compartidos,
los míos jamás fueron los tuyos.
Habrá añoranza,
y habrá todos los instantes en uno solo.

Es la hora en que más extraño tu desnudez,
que más me cela tu pasado,
tu presente,
tu futuro,
el segundo en que me vuelvo loco,
infantil, suicida, adicto,
el instante del grito moribundo.