miércoles, 26 de marzo de 2008

El corazón angular

Damiana camina por una calle obscura, de pronto ve venir a alguien corriendo hacia ella y trata de bajar de la banqueta, pero es demasiado tarde. La persona la avienta contra un coche y sale corriendo con su bolsa. Con impotencia ve alejarse una sombra y llega a su casa. Toca el timbre pues ha perdido sus llaves. Abre su esposo, ella llora, y él escucha lo sucedido. En algún momento siente rabia. Duermen más juntos que de costumbre y antes del amanecer conciben un hijo. Casi nueve meses más tarde la felicidad inunda el hogar y no queda ningún recuerdo del ladrón. No se le reprocha ni se le agradece.
La historia puede existir, puede no existir. Puede tener más credibilidad (no creo que haya muchas Damianas) o menos credibilidad. Es algo cursi. “No hay mal que por bien no venga”. Pero son muchas historias a la vez. Puede ramificar al infinito: los minutos de angustia, los trámites para cancelar tarjetas o sustituir identificaciones, el cambio de llaves en el hogar, el cansancio, los costos del robo, el agradecimiento a Dios por no haber sido violada, la vida del ladrón, su siguiente víctima, la vida del esposo, la vida del niño. Puedo ir hacia atrás, y preguntarme por qué el ladrón roba, inventar que tiene un hijo enfermo, que consume drogas, que sólo está jugando, describir el día más conflictivo de los últimos años para Damiana, el acoso o la histeria de su jefe, la buena o mala comprensión de su esposo.
En mis últimos escritos he preferido rendir culto al momento y a lo que me parece bello. Ojalá pudiera crear personajes. De momento sólo puedo compartir reflexiones, palabras que me parecen bien articuladas, frases que me gustan, sensaciones que me inspiran.
Si continuara escribiendo sobre Damiana me enfocaría en los momentos, los pasos seguidos desde que se sintió empujada, el susto, el golpe contra el coche, las reflexiones posteriores a la pérdida de su bolso, la taquicardia, el miedo a sufrir un segundo ataque.
Siento un gran deseo de homenajear el momento, cada momento. Derrumbar una estatua y ver cómo cada piedra va tomando su lugar. No seré tan romántico como para concentrarme en la felicidad que generó Flavio, el hijo de Damiana, al nacer; pero sí lo suficiente como para evocar ese momento, a los once años, a los doce, los trece quizá, en el que por primera vez miró y sintió taquicardia, la misma que su madre vivió cuando su espíritu estaba a minutos de lanzarse a la inauguración de su existencia.
Flavio miró a una adolescente de su edad que le sonrió por primera vez. Sintió cómo su cuerpo se paralizaba, cómo su corazón latía más rápido, pensó en todas las dudas, si era para él la mirada o si había encontrado a la niña más hermosa del mundo. Isabel no era la niña más hermosa. Distaba mucho de serlo. Pero ese día lo fue para Flavio. Nunca más la volvió a ver. Nunca más. Pero allí nació su placer por la contemplación. Tardó muchos años en aprender a mirar con elegancia, pero en un instante supo cómo contemplar.
El camino de Flavio hacia su casa fue exactamente el mismo que el de su madre años atrás, por las mismas calles, sólo que de día, y fue dando pasos pequeños como Damiana en su momento, con taquicardia, hasta que en su casa tocó el timbre. Isabel —sin saberlo— lo había aventado contra un coche y se había robado su calma y apenas la envoltura de su inocencia, pero sin darse cuenta ayudó a la creación de su propio concepto de belleza.
Todos hemos tenido ese momento, ese corazón angular, el punto exacto en el que la belleza se vuelve tal y nuestros ojos aprenden el maravilloso acto de contemplar.

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