miércoles, 12 de marzo de 2008

Efemeridades

Hace algunos años unos chicos de secundaria entraron a la cabina trasera de un tren del metro, por curiosidad y por jugar, sin duda. La travesura terminó en tragedia cuando de uno de ellos se asomó al túnel, y su cabeza se estrelló, y reventó como sandía, contra un semáforo. Un instante lo llevó a la muerte, sólo un segundo tardó en mover su cabeza fuera de la cabina y menos en dejar de existir. El hecho no sólo acabó con su vida, marcó las de sus dos compañeros, destruyó a sus padres, y afectó profundamente al maquinista de ese tren.
Las imprudencias que conducen a un accidente siempre son instantes, se gozan hasta que sobreviene la tragedia, y en un abraxas puede cambiar la vida de demasiada gente: un ladrón de combustible perfora un oleoducto y éste estalla. Desaparece un pueblo. Un conductor de autobús cabecea y mueren decenas. Un piloto recuerda que su mujer lo engaña y se confunde de pista, no escucha las señales de la torre de control, la vida de sus 233 pasajeros y la de cinco trabajadores en tierra se extingue, también la suya y la del resto de la tripulación. El sargento que comanda una expedición militar en el desierto se pierde y mueren de sed e insolación todos sus soldados. Un corredor de autos se concentra demasiado en rebasar a su rival y por un milímetro su llanta roza con el borde de la pista, su vehículo gira en el aire, rompe la barrera y salta todavía más, esta vez sobre las gradas.
A veces uno tiene la sensación de que una persona que no saludó, una llamada que no contestó, una imprudencia dicha, una gesticulación en un momento inadecuado, o una gota de vino salpicada a la camisa de un vecino comensal, pueden destruir un trabajo de meses o de años.
Lo terrible, lo más terrible, es cuando ves a una antigua novia con la que después de la relación amorosa hubo una amistad más o menos profunda, pero que siempre estuvo acompañada de un dejo de coquetería por parte de ella. Nunca hubo la más mínima intención tuya de regresar. Nunca. Quién sabe por qué motivo, por qué razón o sinrazón, tomaste la decisión de no reintentar la relación. Luego pasan los años, los rostros cambian, las personas maduran, y el noviazgo, nimio ante la eternidad, es una cosa completamente olvidada. Si hay coquetería de ella sólo es por costumbre, no por una intención de llamar tu atención. Ella está a punto de casarse. Tú, solo, dices: "la cagué". La cagué, la cagué, la cagué. Nadie sabe cuándo fue que la cagaste, tú menos, pero lo cierto es que durante un largo tiempo, determinado por cuestiones secundarias, decidiste ignorar que ella te amaba. Y así llega el día en que la ves hermosa, segura, cariñosa contigo pero más, y mucho más, con él, con su prometido.
Esa efimeridad, inexistente para el diccionario pero no para la realidad, es más instante que un instante, porque llegas a la conclusión de que la cagaste, de que toda tu vida ha estado llena de errores, pero estás siendo testigo de que el tiempo se ha ido, de que ya no puedes recuperarlo, que no pues hacer nada, que deseas que aquel se arrepienta de su compromiso en cualquier momento, pero no lo hará, no lo hará porque ama a quien tú no quisiste amar. En realidad, la trascendencia de esa efimeridad, más efímera que lo efímero, se da porque a partir de allí la vida comienza. Sí. Así es. La vida comienza el día en que te das cuenta de que la has cagado en todo.

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