martes, 1 de julio de 2008

El primero, el de hoy y el último besos

Fue hace muchos años. Fui audaz, creo. Ella me abrió las puertas, pero yo hice el resto. Ella traía una trenza entre su cabello lacio. Me hice cosquillas, le hice cosquillas, me hice cosquillas, le hice cosquillas. Me acerqué y la besé, según yo largamente. De inmediato vino un deseo infinito. Metí la lengua tan profundo como pude y a cada minuto que pasaba quería hacerlo acompañar de un beso. La sensación era deliciosa, era un gran descubrimiento para ese momento de mi vida.
Pero ahora que los años han pasado puedo ya besar sin sentir un impulso sexual, puedo atraer con seguridad un cuerpo femenino hacia mí, puedo entender mejor las señales en pro del beso, de la caricia, de la noche compartida. No me enamoro a través de un beso. No tiemblo. Ya no sé si soy un buen besador como creo alguna vez haberlo sido.
Sin embargo pienso en el último beso. Algún día se perderá la pasión y será inútil utilizar la lengua. Yo sólo estaré recostado. Recibiré la despedida y comenzaré a elevarme.
Al final de cuentas, el último beso será mucho más intenso que el primero. Una luz intensa me conducirá no sé a dónde. Y todas las sensaciones serán nuevas para mí, no sólo la de sentir una lengua dentro de mi boca o lanzar la mía hasta los confines del último molar.

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